Al parecer, y se me confirma por diversas vías, el problema es de autoconfianza.
Mantra para la próxima semana (se ruega a amigos, allegados o recién llegados, da igual, que lo repitan conmigo de aquí al miércoles unas quince mil veces al día):
Tormento, lo vas a hacer de puta madre.
Caña con aceitunas a partir del día 20.
Hoy por hoy, me alimento de mis propias uñas, tabaco e incertidumbre (mmm... qué ricooooo). Como contrapartida, las cartucheras se han reducido como en un 20% (no hay mal que por bien no venga...) Toy bien... sólo atacá, en modo pánico, según el vocabulario guasón de Yul.
Me resulta curiosísimo darme cuenta de lo que me cuesta meter mis escasos enseres en cajas. Y me pregunto si no será señal de que no quiero mover las cosas, si algo me retiene o es que tengo algo que hacer antes de cerrar definitivamente la casa. Mi respuesta es que las cosas me importan un pimiento. Morrón.
Lo que me apetece es coger unas bragas de recambio para mañana y salir hacia nowhere. Ni siquiera los libros... dejaría la casa cerrada tal y como está ahora mismo. Sin más.
Pero las princesas me matarían si llegara al pueblo sin los peluches, el poster del pelanas de Tokyo Hotel, del paliducho de Crepúsculo (jomamáááá no te metas con él, es vampiro y es el chico más guapo del mundooooo), no sé cuántos pares de zapatos, bolsos, barras de labios de colores imposibles, algo de ropa que no les cupo en la maleta (el abuelo se sentó encima para cerrarla, y se fueron rezando el rosario en el AVE para que no reventara por empacho de modelis), los mp3, mp4 y resto de tecnología punta, aunque no funcione, rollo fetichista, supongo, los CDs, el champú que huele a fresa, la caja de zapatos con los huevos de los gusanos de seda....
Hay una tormenta en el exterior con gran aparato eléctrico.
Me gustan las tormentas, me gustan mucho. El olor, la caída del agua, el ruido, el cambio de temperatura, la sensación de alivio tras el exceso de la baja presión y los iones dando por culo... me gustan las tormentas que limpian la calle y relajan y rebajan tensiones. No entiendo a quien se mete debajo de la cama... ahora mismo entra un viento en casa que incluso transporta agua y me salpica. Soberbio.
Mis alumnos vinieron esta mañana a buscar sus notas y despedirse de mí. Lloraban. Los profesores de mis hijas, el martes, lloraban al despedirse de ellas. No volverán. Mis hijas no lloran, pero sí sus amigas y las mamás de sus amigas. Yo también lloro.
Lloro de miedo, de cansancio, de soledad y de hastío. De oposiciones, viajes, sentimientos encontrados, kilómetros y nostalgia de lo que no fue ni me pudo retener. Lloro de esperanza, lloro de expectativas, lloro de rabia tanto tiempo contenida. Lloro porque me miro y me quiero, decidida y valiente, y ME VOY.
Con una mano delante y otra detrás, ME VOY. Vuelvo a casa, dieciséis años y dos churumbelas después. A casa... es que no puedo creerlo aún. Un par de semanas más... un poco más de insomnio y mucho más de incertidumbre y me habré ido, aun cuando hace ya mucho tiempo que no estoy.
Sólo tengo miedo y alegría. Extraordinario cóctel. Que dios reparta suerte, porque como reparta justicia...
Por cierto... ví a Juan Diego Flórez, le ví en Valladolid, cantando y paseando por la ciudad y creo que he perdido el criterio. Ya no me importa que le falten matices, he renegado de lo que dije en su día respecto a su forma de "no interpretar" más que lo que estrictamente exige la partitura... me he rendido al virtuosismo y al poderío de un señor que mide lo que yo... y que canta y me hace llorar... aunque en estos tiempos feroces, hacerme llorar a mí es casi tan fácil como invitarme a un vino. Y cuando bebo vino, lloro.
Estoy bien, sólo cansada, cósmicamente cansada, en lo físico, en lo emocional, en lo intelectual... estoy francamente hasta los huevos, pero con vistas al final del túnel. Un poquito más...
Dicen que esta canción no está dedicada a una persona, sino a una sustancia.
No me importa mucho. Era pequeña y era verano. Los albañiles jóvenes de mi pueblo la cantaban subidos a los andamios y a mí me gustaba escucharles, y ver cómo la gente la ponía una y otra vez en la máquina de discos del bar de la Plaza. Un duro, una canción.
La (s) quiero a morir. A la una y a la otra. Si me mantuvieron cuerda en su momento, ahora no lo hacen menos. Y suscribo todas y cada una de las palabras de esta canción que en esta noche de miércoles me hace llorar sola.
Por desgracia, conocen bien cada guerra. Ellas cosen y zurcen una y otra vez mis alas. Para seguir subiendo. Ellas me sostienen, cada vez menos inconscientemente. Atrapada en un lazo que no aprieta jamás. Ellas convierten las paredes de mi casa en bosques de lápices de colores. Y aprendo a pintar transparente el dolor con sus sonrisas.
Sólo puedo sentarme, sólo puedo charlar, sólo puedo enredarme, sólo puedo aceptar ser sólo suya.
Podéis destrozar todo aquello que veis. Reconstruyen a la velocidad del rayo. Nada se nos resiste. Mi más sincero agradecimiento a Herr Zheimer, don Alphonse, que sabe de fotos más que yo. Como de otros miles de cosas.
Yo sé que mis intenciones pueden ser juzgadas de cien maneras, y que mis decisiones afectan a alguien más que a mí.
Por eso quise tender una mano que aliviara el dolor que produce mi decisión, más como daño colateral que por voluntad explícita de herir.
Ante mi mano tendida y mi voluntad negociadora, la otra parte contratante ha reaccionado mordiéndola con saña y rabia nada contenidas.
Todo el mundo sabe dónde estoy y dónde quiero estar. La otra parte contratante también.
- "Vete tú, aquí no te necesita nadie, pero las niñas se quedan aquí". - "Ellas no quieren quedarse, lo sabes perfectamente". - "Ellas no tienen nada que decir en este asunto". - "Pues yo creo que ellas son TODO lo que hay que decir de este asunto".
Es todo lo que he conseguido.
¿Algún letrado en la sala? Se impone la vía militar, me temo. Esto de luchar por los sueños es como darse contra la pared, coño.
Esta noche no quiero ir a la cama. El ritual instintivo de pasear la punta de mi nariz por las sábanas en busca de tu rastro se me atraviesa en los medios. No quiero reconocerte en olores y no encontrar albergue para mis manos. Alargo el tiempo en busca de un sueño que, lo sé de antemano, será corto, sucio y oscuro.
Mi tendencia al caos se exacerba. Desbordo márgenes y me salto a la torera biorritmos y conductas de sentido común. Desordeno las letras de tu nombre y busco cómo adormecer esta adolescencia tardía que nos coloca en el sitio que no es.
Quizá un discurso con las leyes de la termodinámica por argumento fundamental nos definiría como sistema, con un funcionamiento perfectamente estudiado y, en principio, previsible. Y yo siempre sería la beneficiada. Al fin y al cabo, mi temperatura de lagartija de diciembre me garantizaría ganar siempre.
Cuando necesito un discurso exacto como una fórmula física es cuando me encuentro con una competencia verbal francamente lamentable. Y mi conocimiento de la termodinámica tampoco da como para un ensayo... En todo caso, asumiendo mi tendencia entrópica, siempre me consuela saber que la tercera ley no permitirá que me congele. No del todo.
Total... que cada vez que te vas es como un arañazo, un padrastro, un orzuelillo. Un momento, pero jode que no sabes ni te enteras. Un momento, un breve espacio, un mínimo paréntesis que me descangalla el chiringo y me pone a parir. Ahora creo que sí que me he entendido.
Es de todos conocido ese bonito lugar común de que el tiempo lo pone todo en su sitio.
Es menor el número de personas que sabe de mi capacidad de sentenciar y condenar (normalmente al ostracismo o al etiquetado de subnormalidad profunda con agravantes de mala follá) desde una especie de tribuna llamada blog donde me escribo encima sin más censura que la propia, que puede parecer poca pero a mí siempre me resulta excesiva. Hasta escribiéndome encima me contengo. El día que deje de contenerme,será otro, y con toga, el que me sentencie a mí por atentar contra el honor de algún/a malnacid@. Pero antes habré bailado sobre su tumba.
Hoy ha sido un día extraño, con capítulo social a reseñar. Hacía más de cinco años que no coincidía con "alguien" muy especial, en el mejor de los sentidos. Alguien con suficiente rapidez dialéctica como para aguantar el tirón y cerrarme la boca con razones incontestables o impertinencias mejor paridas que las mías propias. Alguien que se partió (lo partieron) en dos y se retiró a los cuarteles de invierno a recomponerse, y nunca más volvió. Alguien a quien no eché de menos cuando se esfumó (en el sentido de sfumato leonardesco), pero tampoco nunca de más, alguien que siempre estuvo en su sitio, alguien elegante e irreprochable. Alguien con el punto justo de descaro, elegancia y saber estar. Sus excesos míticos están en boca de todos menos en la suya. Un tipo con clase, de esos tipos con estilo incorporado de serie, no trabajado, no afectado, un caballero. Alguien que, de haber estado cerca en un determinado momento, hubiera sido un gran pilar. Pero no era el momento, ni suyo ni mío, no tocaba. El diálogo hubiera sido imposible entonces. Hoy era el día.
Creo que he recuperado a mi alguien. Ahora que ya lo que toca es desligarse, entiendo que perderé más de lo que quisiera reconocer, y es que perderé algo que nunca fuí consciente de tener: el respeto de gente a quien yo también respeté siempre. Y me reconforta. Y me halaga ese "es que tú impones". Gracias, querido. Entiendo bien la intención, y la agradezco en lo que vale, pero no me gusta imponer.
Sin saberlo, mantenemos una línea de acción asombrosamente paralela y discreta, resumida en grandes sentencias: El mejor desprecio es no hacer aprecio. Somos esclavos de nuestras palabras y dueños de nuestros silencios. Valemos más por lo que callamos.
No saben vivir sin nosotros. Pero nos hacen la vida imposible. Cuentan los tiempos en función de lo que tardas en escribir un post o pasarte por un lugar determinado a dar señales de vida... vale... que hablen de tí, aunque sea bien. Supongo que les cuesta trabajo encontrar algo malo en lo que apoyar la insidia, la insania, la envidia, la putada de ver pasar el tiempo y verte mejorado, enderezado, florecido, floreciente, renacido, remozado, reconciliado. Que se jodan una y mil veces. Que se muerdan la lengua y se envenenen mientras te pagan una birra tras otra. Penintentiam Agite! Penitenciagite, que decía el pobre Salvatore en El nombre de la rosa!! ¡Doblen el espinazo, miserables! ¡Ríndanse ante la evidencia de su injusticia y su cortedad de miras! Jódanse y admiren el resultado de la purga, lenguaraces! (joder, cariño, lo que me cuesta poner el primer signo de admiración/interrogación!!)
Es el tiempo. Lo pone todo en su sitio. Y si no, pregunta a mi contador de visitas, por empezar desde algún sitio.
Por cierto... la señora de la foto de mi perfil no es cualquier foto en blanco y negro escogida al azar. Es Isadora Duncan.
Pues me entero tarde, aunque por el excelente canal del Lagarto. Y se me queda esa cara de "coño, que me han robado la cartera". Incluso me llevo la mano al pecho, se me descuelga la mandíbula, intento recordar que lo estábamos esperando desde hace muchos, muchos años... pero no por eso deja de joder.
Sería una estupidez decir que duele. Jode. Jode y mucho porque gracias a este tipo de sensibilidad extrema y vida salvaje, gracias a sus canciones, a mí (y a tí también) se me fijaron en el entendimiento situaciones, sensaciones y getas que no se me olvidan, que reaparecen asociadas a diferentes canciones suyas, y me llevan a tiempos más amables, menos responsables, bastante más alcohólicos, risueños, promiscuos, nocturnos. De jugar con las flores de todos los jardines, cuando aún nadie te puede quitar la corona de reina y te ríes sin saber que, antes o después, el miedo te cercará, las responsabilidades te bajarán del pedestal y pasarás directamente a Cenicienta. Ésa es la secuencia real, y no al revés.
Antonio Vega se ha muerto (ni nos ha dejado, porque nunca estuvo, ni ha fallecido, que es una palabra super hortera, ni nada de eso. Se ha muerto) y nos ha dejado así como con cara de pasmo, vaya mierda, pobre hombre, qué artistazo... ahora viene cuando todos le glosarán y dirán lo magnífico que era... esas cosas, venga homenajes, venga festivales, venga, que ahora no va a protestar...
Va el tío y sin hacer ni ruido (como casi siempre) va y se muere, con dos cojones. Pues nada... un señor tan independiente, un outsider tan discreto y tan outsider que ni lo pregonaba (que es lo que hacen los outsider: nena, soy un outsider y si te acercas a mí, tu vida será un infierno del que yo no te salvaré, porque me importas una mierda, pero no me dejes, oh, yeah).
A mí me hacía llorar. Siempre. Me transmitía una sensación de soledad tan grande, tan profunda, que me aplastaba la congoja. Era como un desamparo contagioso. La voz, el gesto ausente, la hermosura abstracta y aplastante de sus letras... era un personaje etéreo, inasible, descarnado, indefenso a simple vista, era un espíritu libre, yo diría que estaba tocado por dones varios. Uno, el de hacerme llorar. Otro, el de poder entender quince cosas diferentes en una misma canción. Otro, el de construir unas melodías sencillas pero hermosas.
Se nos mueren los ídolos... y no me veo apuntándome a La Oreja de Van Gogh, al Canto del Loco, a Tokyo Hotel, a Jana Montana o como diablos se escriba...
Nos agarraremos a Joaquín, que aguanta algo mejor, y rezaremos a San Jack Daniels para que nos lo conserve un tiempito aún...
Descanse en paz, señor Vega, don Antonio, y espérenos sentado.
Soy de ese tipo de personas que lee, ve pelis, se pasa las horas muertas mirando un punto fijo dándole vueltas a cualquier cosa... vamos, que moverme, lo que se dice moverme, me muevo poco.
O mejor dicho, no me muevo lo suficiente como parecerme a la Charon Estón, o a la Mónica Beluchi y compañía. Soy sedentaria y me eslomo ordenando mis cosas, cocinando para la Yeni y la Vane y comiéndomelo yo, disfruto comiendo, me engorda sólo pensarlo... pero lo del gimnasio, no sé si no tengo tiempo (que no lo tengo) o es que no me estimula enfundar mis lorzas y mis cartucheras en una malla y ponerme a hacer cosas absolutamente ridículas, pudiendo leer, o ver pelis, o mirar un punto fijo intentando levitar (que no levito, claro... estoy redonda!)
Total... que de endorfinas ando tope deficitaria, y llevo tres semanas de baja con una ansiedad del carajo. Me endiñaron ansiolíticos y antidepresivos, que supongo que para el caso es como si me hubieran mandado calabacines en forma de supositorio. Como no estoy deprimida (que yo sé lo que es, por desgracia) y la ansiedad no me da la gana de enmascararla con pastillas que me secuestran los sueños, he decidido ser una tía proactiva (¿de dónde saca la gente los palabros éstos?) y hacer algo por mi persona.
Y... bueno... la señora de la entrada me dijo que el profesor de TACHÍ pensaba que eso era un poco difícil para mí (a ver... tengo dos carreras universitarias sacadas jugando al mus en la cafetería de las facultades, y ganando en un porcentaje altísimo de las vacas, que hay que decirlo todo. Tengo un cociente intelectual que es como una etiqueta de anís del Mono, pero es jodidamente alto... y peso tantos kilos como que me sobran seis, no veinte, vaya... que no me siento un ser humano de movilidad reducida, sólo una tipa con el culo gordo, un hipotiroidismo cabrón que me descompensa los cuartos traseros y un par de partos a la espalda...) La cosa es que, lejos de desanimarme, decidí que el profesor de TACHÍ es más tonto que un bocao en la polla a las siete de la mañana, y que tendría que relajarme de otro modo, y que aunque lo que me apetecía era partirle las piernas al TACHÍ de los huevos, mejor mantener la calma ésa que no tengo y que se me pierde por ahí de vez en cuando. Demasiadas cosas en la cabeza y un reloj tan tacaño... y eso de no poder dar dos hostias a tiempo, qué malo es, joder.
Y la profesora de yoga decidió que para la ansiedad me iba a ir muy bien ir a sus clases. Pos vale.
Y oye... que ayer fui a mi bautizo de yoga. Qué decir... es como querer hacerle un nudo a la pata de un banco. Un relax mortal, eso sí. Si me quejo de que me sobran kilos, hubo un momento en el que tuve la sensación de ser tan pesada que era incapaz de moverme. Pero la inquietud máxima fue en un momento crucial de la clase.
Situación: Anita, rodeada de otras doce señoras de su edad y para arriba se ve a cuatro patas, metiendo el hombro izquierdo por debajo del brazo derecho, pegando el moflete al suelo, levantando hacia el techo el brazo derecho una vez que apoyaba el hombro izquierdo, y girando la cabeza hacia ese brazo que miraba para arriba. La pregunta fue: para qué lado me voy a dar la leche? He perdido la orientación, estoy completamente retorcida sobre mí misma y esto tiene pinta de irreversible... si no viene la seño, hay que avisar al cuerpo de bomberos (oh, yeah!) para que me desanude. Que -ven -gan, que -ven -gan!!! Unos nerviosssss..... una risa floja... un pedo que quiere salir, un apretón de glúteos, por dios, aquí no, hoy no, que es mi primer día, coño, Anita, controlando esfínteres!! El pedo volvió a su sitio, si es que lo tenía, pero fue perfectamente contenido. Entre que me caigo y no me caigo, no me caí. Conclusión: puedo más de lo que pensaba, aunque mi flexibilidad ha caído en picado como los tipos de interés. Mis abdominales son de mantequilla, pero hoy tengo agujetas, luego entonces... aún hay futuro para mí. Y he dormido como hacía años que no. Y sin valeriana siquiera, ni un polvete en esta cuaresma que me gasto, ni contar ovejas... caer en el catre y entrar en coma profundo. Virguero, el yoga. Que se joda el de TACHÍ, y que tiemble la Charon Estón.
Y esta frase no es para epatar, si es que esa palabra pedante y hortera existe, que ojalá que no. Es que sois unos cabrones! El Instigador se la envaina (espero que sólo para cambiarse el disfraz). El Dedos ha desaparecido como por ensalmo, da igual que lo busques por un lado o por el otro. A la francesa, hala!! De Carlitos Satán ya ni hablamos... ahí tiene el blog hecho un solar. Coco está haciendo de Nemo o de Dori... espero que no lo pesquen para pescadito frito...
ELLAS van escribiendo sacando el tiempo de debajo de las piedras, pero vaya galvana que tenemos!! Esto qué coño es? La primavera??
PROPUESTA: Hacemos un fondo común de seis euretes y fundamos una editorial?? A ver si así... Siesquetenemosunegoooooooooo.....
Hasta en las mejores familias (o incluso en las mejores familias con más motivo, que en habiendo recursos, donde comen tres comen seis) existe un fantasmilla de sábana blanca y sonrisa candorosa que propone cosas. O que toca los cojones, según se mire.
A veces dice que te tires de cabeza, que venga, que adelante. Y te tiras. Con mejor o peor fortuna, pero allá que vas porque no puedes hacer otra cosa, porque no piensas, porque sabes que pensar, calcular riesgos, prever consecuencias futuras puede acabar con el encanto de cagarla a conciencia, a calzón quitao. ¿Hablamos de amor? ¿O quizá de inversiones en bolsa? En todo caso... ¿cuál es la diferencia?
Otras veces te invita amable y tímidamente a recular: descártate, que no se puede jugar con tanta baraja en la mano... y entonces no puedes evitar calcular, pensar, evaluar... qué duro es el descarte! ¿Hablamos de amor?
Mami llevaba unos días un tanto mustia. Ni siquiera los mimos de su cuarentoncito malcriado habían conseguido sacarla de un estado melancólico que le había sustraído el interés por los cafés con las amigas, la misa de ocho y las tiendas de telas carísimas. Quizá el fantasmilla familiar le estaba proponiendo un descarte... había estado tan pendiente de putear al niñato que se le había pasado la madre, y había sido poco insidioso con ella... ¿tendría el fantasmilla de la familia ganas de cambiar de víctima?
Don Mauricio, inmerso en las mieles de la trastienda de la mercería de barrio no terminaba de entender el cambio de humor de su legítima, aunque tampoco le preocupaba en exceso. Él atendía a quien le atendía, y no era (nunca lo fue) el caso.
Mauricín, el gilipollas, el pijo Mauricín, estaba perplejo. Mami era la única hembra con un comportamiento que él podía entender, que mantenía cierta coherencia, cierta dinámica uniforme. Y ahora le hacía aguas.
Si el patrón por el que él juzgaba al resto de las mujeres comenzaba a mutar, no sabría cómo conducirse.
¿Y si Mami estuviera proyectando planes para él? Realmente no sería la primera vez, ya que, si echaba la vista atrás, veía meridiana y tristemente claro que su vida no había sido sino un continuo complacer a la autora de sus días, hasta el punto de que desechaba estos pensamientos por evitar la sensación asfixiante que se apoderaba de la boca de su estómago y le impedía respirar. Era una marioneta en sus manos, y lo sabía. Pero lo sabía en la parte más oscura de su miserable persona, esa parte que no dejamos traslucir nunca, ni siquiera nos atrevemos a mirar en la más íntima de las soledades. Cuando no nos gustamos, no nos miramos... Hasta el día en que toda esa miseria se convierte en entidad independiente, tangible, otro individuo con el que puedes incluso chocarte en el pasillo de la casa, y nos mira a la cara con esa sonrisa de colmillo retorcido:
- Te voy a crujir - No puedes, eres yo. - Sactamente. Y tú eres tu superyó. O sea, un gilipollas. - Ya empezamos... - Mauricín, eres un gilipollas!
... y sin embargo, me siento muy identificada con ella, ocultando inmensidades tras una apariencia cotidiana, olor a cocina, manos de madre, bayeta y zapatillas, hablando mal a propósito para no levantar sospechas ni generar animadversión (¿más?) - las palabras de más de tres sílabas suelen generar desconcierto entre el gentío o populacho- intentando no pensar en voz alta, manteniendo distancias mucho más frías de lo que quisiéramos, sujetando las ganas de soltar cuatro latinajos que pusieran a cada uno en su sitio. Stultorum numerus, y tal...
Midiendo cada uno de los pasos, de puntillas sobre los charcos de vacuidad ajenos, todo para no morir de tedio...
Luchando por no dejar del todo de ser la niña repelente e imposible que sabía más de lo que le correspondía. Bien caro salió. Tirando de mí hacia atrás para no encontrarme demasiado pronto con la dama oculta tras la apariencia de una portera. Triste diezmo. Caminar por el margen, o fuera del rebaño, te significa. Vivir con ello te espolea y te consume a partes iguales.
La batalla contra el desaliento es desigual, el enemigo consigue adeptos a ritmo frenético. La propia y legítima defensa se convierte en ataque demoledor: sonrisa de medio lado y silencio. Es lo bueno de saberse fuera de aquí sin haber llegado aún a ninguna parte.
Contra la amargura contagiosa, sembrar la incertidumbre.
¿Te acuerdas de aquel hostión que me dejó la mano fatal por querer patinar? Hoy hace un mes del talegazo. Hoy ha sido el primer día sin muñequera, sin dolor y sin la sospecha de tener algo roto y estar aguantando como cosa tonta. Aprovechando, me he planchado dos lavadoras.
¿Te acuerdas de la gripe? Vuelvo a tener un trancazo de cojones.
¿Te acuerdas de aquella profesora de tu hija que te la quería meter doblada y no pudo? Pues hoy lo ha vuelto a intentar y les ha enchufado un power point sobre el desarrollo del feto en el vientre de la madre... el resto, el trasfondo, el TUFO ya te lo puedes imaginar. Y también puedes ir imaginándote que mañana mismo monto en cólera y escribo una carta a su inspector para moverle un poquito la silla... yo soy mu democrática, pero no creo que eso implique permitir que me toquen los huevos impunemente. Y me los está cociendo ya, la buena señora.
¿Te acuerdas de Mauricín? Pues Mauricín sigue en estado latente, intenta hacerse un hueco, pobre infeliz, entre la maraña de estultos reales, tangibles, con voz (y voto, que es lo más inquietante!). Realmente, Mauricín se convierte sin yo quererlo en blanco de mis iras. Que se joda.
¿Te acuerdas de los otros? Pues hoy he conseguido ir a saludar a un par... no damos para más, tristemente.
¿Y te acuerdas de esa decisión firme de volver a casa al final del curso? Pues todo el trabajo hecho a lo largo de seis meses de robarle tiempo al sueño, a las churumbelas y a Yul se ha ido a la mierda misma, gracias al estreñimiento de Esperanza Aguirre y sus lameculos. Tengo que empezar de cero. Otra vez.
Echo de menos el tiempo que nunca tuve. El de las manicuras, los masajes, las revistas frivolonas y las horas muertas hablando por teléfono, la peluquería, la librería, la exposición, el teatro o el cine...
¿Te acuerdas de cuánto me gusta la pintura? Pues el domingo fue un orgasmo visual de primer orden. El que ande por Barcelona que vaya sin falta a ver la exposición de Sorolla (MNAC), gratuita, descomunal, emocionante, emotiva, impresionante, despampanante... por favor, que no se la pierda nadie. Yo repetiría cien veces. Arriba, una muestra un poco pachucha...
Tengo la sensación de equivocarme cada vez que respiro.
Anita (Tormento) tenía un rectangulillo en blanco donde, cuando le parecía bien, que era todos los días al principio, más espaciado después, dejaba un escupitajo. Escupitajos graciosos, dolientes, incisivos, ácidos, agrios, conmovedores, francos, tristérrimos, divertidísimos, superlativos o minimalistas... escupía ad libitum, que para eso el rectangulillo en blanco era suyo.
Anita (Tormento) solía pasearse por otros rectangulillos que otros escupidores habían puesto al sol para que lucieran, y la tal Tormento dejaba comentarios, unas veces referentes al fondo y otros a la forma. La cosa es que adecentaba su casita y visitaba otras casitas, y tenía una ciber vida social la mar de aparente, no numerosa, la verdad, pero francamente estimulante, la gente discurre por ahí que es una alegría, visto lo que hay en modo "tangible", la virgen!
Anita, la pobre, tenía un curro, unas churumbelas que necesitaban una madre (y un padre, aunque fuera bajo la misma apariencia que la madre), una cocina para ella solita, un sentido poco mesurado de la responsabilidad, una necesidad imperiosa de beberse la vida, una cuenta corriente bastante exigua, un mono de tabaco como para una boda... Le sobrevino una gripe, y luego una cagalisis que casi se la lleva a eso que los que volvieron (supongo que alguno habrá vuelto para denominarla así) denominaron "mejor vida". Notejode...
Después del cuasi cólico miserere se dió un hostión como un piano de cola. Se torció el pie. Y dos semanas más tarde, como no le pareció suficientemente arriesgado el deporte de andar con tacones en un parquing de suelo impoluto generador de esguinces, se subió a unos bonitos patines que se autorregaló con lo que no se fumó. Porque dejó de fumar!! (para luego volver, aunque sólo en horas lectivas, hayqueserdelgénerotontocoñio)
Y subida en unos patines se jodió una muñeca. La derecha, concretamente, que era la buena, porque la izquierda le servía, concretamente, para aquello tan hermoso de la simetría. Only.
Anita siente un profundo cansancio, juega a las mamás pero también a los papás. A las maestras y a la Elena Francis de los papás de los alumnos, a conciliar elementos de subversión, a frenar embestidas de cabestros (y cabestras, que hay que ser políticamente correcto y no olvidar nunca a las miembras... joder con las miembras!)
Anita ha dejado el rectangulillo abandonado a su suerte y no sabe bien qué hacer, cómo mantenerlo, cómo hacerlo de nuevo activo, movido, entretenido... algo que le ha generado tantas alegrías, ahora comienza a ser una obligación.
Hay quien dice que es buena señal... que empiezas a tener vida personal... Si la vida personal es madrugar, pintarte el rabo del ojo en el atasco, pencar, malcomer, pelearte hasta con los perros de la calle, pensar qué haces de cenar en el atasco de vuelta, atender a las hijas con las sobras de persona que te quedan y caer en coma en la cama sin haber tenido ni el tiempo, ni las ganas ni las fuerzas para hacer algo que te gusta... entonces sí. Tengo una puta mierda de vida personal que hace que no atienda mi rectangulillo en blanco... por no hablar del triangulillo. Rubio platino con mechas azul eléctrico, quién lo dudaba??
A pesar de los pesares, en una incansable búsqueda de la belleza, Anita busca la parte positiva siempre. El otro día, de incursión en la sección de música clásica con el compulsivo, paciente, sibarita y quincenal hombre de sus sueños, encontró un disquito barato y escondido, y se enamoró como adolescente hormonada de esta pieza, de este tenor (Flórez, Juan Diego) recién estrenadito, poderoso como un dios y un pelín verde aún en algunas cositas sin importancia... seguro que ustedes ya la conocen, pero nunca es tarde si la picha es buena. Y Anita, aunque lleva muuuucho retraso, se va encontrando unas pichas maravillosas. Dios... creo que esta última frase me va a generar un número inusualmente alto de visitas... Bueno...
Es de una gracia y una ligereza que me tienen sorbido el seso. Con ese.
Anita (Tormento) me pide que les diga que acepten esta hermosura como obsequio reparador por una ausencia no deseada. Y que les besa a todos ustedes, en los morros a ellos, en los mofletes tersísimos a ellas. Y que promete volver de los infiernos, como Eurídice pero sin vuelta atrás. Que mi Orfeo no es tan gilipollas.
Si nos remontamos a la noche de los tiempos, veríamos a una joven de unos veinticinco años fregando las escaleras como antaño, a cuatro patas, esponja, cubo, bayeta y esas espumillas que se ponían para no joderse las rodillas. La particularidad es que esa joven está embarazada de nueve meses y no parece lo más adecuado dedicarse a ese menester. Pero antaño la mano de obra escaseaba, así que dejemos a la joven fregar las escaleras.
Dentro del hogar, el padre de la joven se lía un cigarrillo sin saber que dieciocho meses después estará muerto. Cáncer de pulmón. La madre de la joven está quejándose. De cualquier cosa, es lo único que hizo en su vida. La hermana de la joven arregla primorosamente su armario. No en vano tiene veinte años, está en la flor de la vida y piensa ir a dar un paseo después de misa con sus amigas. Para eso es domingo.
El marido se afeita en el cuarto de baño. Ha sido el último en levantarse... trabaja mucho, así que los fines de semana intenta desaparecer del mundanal ruido madrileño y sale por patas a refugiarse en casa de su suegra, que siempre, desde que murió su madre demasiado joven, hace ya demasiado tiempo, le ha tratado como a un hijo. O sea, lo ha cebado, que las mujeres Greenland sólo demuestran el cariño cocinando.
La joven fregona entra en la cocina-comedor-salón-salita de la casa de pueblo. La sigue el padre de su marido, que vuelve de pescar y trae media docena de truchas. La joven rompe aguas sin pedir permiso ni nada. La madre grita todo aquello de virgensantísima y tal... El suegro de la joven se caga en su histeria y le dice que son las truchas, coño, que vienen directas del río. El padre de la joven, navarro de pro y blasfemo de rancio abolengo suelta unas catilinarias, se caga en toda la cúpula celestial, la patena y otros adminículos litúrgicos, además de en la viga que sujeta la capaelcielo y se cala la boina... vámonos!! La joven reclama a su hermana que le ponga unos rulos... no puede parir con ese aspecto. La madre de la joven empieza a llorar... en su línea. La hermana de la joven también llora... será porque se le ha jodido el plan del vermutito? El padre de la joven, la madre de la joven, la joven y el padre del marido bajan las escaleras recién fregadas. El marido da vueltas por la casa buscando la corbata. Un ingeniero no puede asistir al parto de su señora si no va convenientemente vestido, coño! La hiposa cuñada le grita: la llevas puesta, gilipollas!! Entre el SEAT 600 blanco del ingenierete y el milquinientos cojonudo del navarro, la elección es clara... a ver quién tiene pelotas de llevar la contraria al Navarro!
El médico del pueblo no quiere tener problemas con el papá de la joven, bruto él y con antecedentes de huesos rotos por un quítame allá un gol del Madrid. La envía a la capital de la provincia, y si sale con barba, San Antón, y si no, la Purísima. Se lava las manos como Poncio y aquí paz y después gloria.
A medio camino, una media hora, digamos, la joven cree morir... o parir. El papá Navarro de la joven le asegura que si pare en ese puto pueblo, coge a la criatura y la deja en la cuneta... los de ese puto pueblo son unos hijos de perra. APRIETA LAS PIERNAS, CHICA!! dice el papá de la joven. La joven obedece, como siempre. El marido de la joven puede palpar sus testículos junto a la nuez.
Al acabar el accidentado viaje, el marido de la joven es destinado al fumadero. La madre de la joven, a la capilla, junto con la hija pequeña. El Navarro se entera de que la comadrona está felizmente comiendo en un restaurante de postín. Va al restaurante. Le quita el tenedor de la mano.
- Tira, Huete, que mi chica está de parto. - Oiga!! - Ni oiga ni hostias. O vienes o te traigo de los pelos.
La comadrona asiste a la joven en tacones, sin guantes, sin bata... a pelo, mismamente. Una niña. A las cinco de la tarde, hora taurina que imprime carácter. El abuelo materno dice que es preciosa. El ya padre, con su corbata y todo, dice que es un escuerzo. Pero que prometió ponerle el nombre de su madre y lo cumplirá, aunque su madre era guapísima.
Aquella noche, de vuelta al pueblo, el joven conducía el milquinientos y se tragó un jabalí que estaba en la carretera. El abuelo materno volvió a proferir su sarta de cagamentos irrepetibles. La abuela materna lloraba, no se sabe muy bien si por el coche o por la boca diabólica de su santo. Que lo era, coño, que lo era. Y se lo llevó el puto tabaco a los dieciocho meses.
Bueno... que la niña era yo y que de todo esto hace hoy cuarenta y un años. Con unos inicios tan movidos, creo que es bastante normal que mi vida sea un acelero continuo.