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Para Coco, que me reclama. Con amor.




Con el buen tiempo empezó a notar unas incómodas mariposas en el estómago y una extraña necesidad de echar la vista atrás, pensando qué habría sido de Fulano o Mengana.

Con su habitual falta de tacto se puso manos a la obra, saludando a los fantasmas del pasado como si no supiera que detrás de cada historia había viejas heridas que dejó abiertas y cubiertas de sal. Talmente el imbécil Mauricín de antaño, un poco más viejo, un poco más convencido de su posición de privilegio, con sus puños de la camisa vueltos hacia atrás, su pelo engominado y algo más largo de lo que marcan las buenas costumbres, que es lo que marcaba la moda desde hacía un par de años. El imbécil Mauricín que había sembrado el dolor por su entorno como quien reparte bolsas de pipas.

Con más pena que gloria apeló a los viejos tiempos para recuperar a Fulano y a Mengana recurriendo a recursos poco diplomáticos y más propios de un gañán que del supuesto caballero que siempre creyó ser.

Fulano puso tal distancia que, aunque hubiera querido recuperar el contacto, era ya imposible. Suerte de crisis que le llevó al culo del mundo con un trabajo que le llenaba y que puso en su camino una nueva vida llena de retos, de alegrías y potentes anclajes. Fulano ya no era Fulano, sino don Fulano.  Feliz, completo y sin vuelta atrás.

Mengana, la pobre, sintió un pinchazo en el pecho cuando descolgó el teléfono cuyo número ya entonces había olvidado y reconoció al otro lado del auricular a su verdugo. ¿Qué demonios quiere este mequetrefe a estas alturas de la vida? ¿Dónde está el sentido común? ¿Quién le ha dado mis direcciones? Juró y perjuró que había borrado mi correo, mi teléfono, que había olvidado que existo... ¿a santo de qué viene ahora a preguntarme cómo estoy? 

Mauricín se deshizo en explicaciones absurdas sobre lo importante que era mantener buenas relaciones con la gente a la que has querido, la necesidad de restañar heridas y mantener una cierta fluidez en la comunicación, por aquello de ser civilizados, educados en caros colegios, amigos de la familia y todo eso... porque fuimos importantes el uno para el otro, porque tenemos mucho que aportarnos desde una relación cordial de amigos, y toda esa sarta de lugares comunes a donde van a parar todos los hijos de la gran puta.

Mengana, que recordaba tanto los cuernos como los abrazos, la cruel indiferencia de que fue objeto como el profundo amor que le profesó antaño, escuchó atentamente la perorata, recibió durante semanas hermosos textos llenos de cariño y respeto, algún que otro ramo de flores y finalmente una proposición para una cita.

Con la paciencia de las gentes de buen corazón aguantó estoicamente las entradas del adefesio Mauricín respondiendo siempre con silencio.

Porque las historias mal cerradas vuelven una y otra vez sobre sus pasos. Y cuando la pelota está en su tejado, Mengana sabe muy bien cómo administrar lo que Mauricín no soporta: la incertidumbre.

Carolina, mon amour.


Hola, Carol.

No me extrañan tus palabras.

Por lo que me cuentas, y teniendo en cuenta mi pasión por el diagnóstico y mi tendencia poco seria a lo que algún experto denominaría "hacer atribuciones", yo diría que tienes un pedazo de problema que se llama terror. Te cuento lo que veo, pero no te me enfades, va con amor.

Se trata de un terror que genera ansiedades manifestadas en soberbios ataques de nervios con sus lloros, duelos y quebrantos, crujir de dientes y desesperaciones varias, acompañadas de hipos, moqueos, aislamiento social, algún que otro vómito incontenible y no provocado con su subsiguiente irritación gastroesofágica y estado de postración por agotamiento físico y mental. En tu lenguaje-telón, se llama tristeza profunda. En el mío, histeria de la buena. Inmadurez, dado que los treinta y cinco ya no los cumples. Y los treinta y ocho tampoco, qué coño.

Terror fomentado por una muy baja autoestima y una exigencia para con los demás que provoca rechazo de las otras partes contratantes, que provoca a su vez abandono por miedo anticipatorio, que origina sentimiento de culpa, conducta defensiva, evitación, procrastinación, rechazo al compromiso, chantajes emocionales diversos y capacidad asombrosa para echar balones fuera.

La culpa siempre es de los demás.

Terror que va dejando una estela de daños colaterales: te dejo por aquél, que me mira mejor que tú, te dejo porque ya no me dices lo que me decías hace tres meses, y eso quiere decir que... te dejo porque no quiero que nuestra historia se estropee como todas las demás, así que... te dejo porque... te dejo porque no me soporto a tu lado, porque ya no me pareces tan guapo, porque el sexo ya no es tan bueno, porque la tienes grande, porque la tienes pequeña, o mediana, qué vulgaridad, porque me apetece un circunciso que conocí ayer, porque no tenía que haber empezado, te dejo antes de que me dejes tú, porque tu madre es una gilipollas, porque tus calcetines de rombos son terribles y me generan agudizaciones del acné, te dejo porque no me cuidas, te dejo porque no te merezco... te dejo... te dejo para que no me dejes. Esa es la triste realidad. Reconócelo, ahora mismo sólo tienes al pamplinoso de Mauricín al lado, tan amigo, tan siempre presto su hombro... ¿será esto lo del roto y el descosido? y me tienes a mí, pero claro, yo no soy candidata a la cosa sentimental, vaya eso por delante. Excepción hecha de Mauricín (¿cómo le soportas, tía?) a mí me gustan TODOS los hombres.

Terror a no ser querida, a desvanecerte en la nada, a que no te recuerden, a no ser la princesa de un supuesto, y absurdo, e imposible cuento de hadas. ¿En qué idioma explicarte que los príncipes azules destiñen y te dejan la colada hecha un cristo?

El antepenúltimo,o quizá el anterior, o el otro... quién sabe ya, era un buen tipo. Y el otro, divertido hasta decir basta. Otro de ellos, bien tierno y cariñosón (pa mi gusto, una lapa), buen conversador, educado, atento y bastante espabiladito. Todos te querían. Cada uno como supo. Y por ahí se fueron quedando, heridos de amor y desconcierto, abonando un campo yermo y creando defensas que tendrán que derribar otras.

Terror a que no te quieran porque tú no te quieres.

Supongo que sólo te falta experimentar con algún domador de leonas que empiece por ponerte los límites que nunca has tenido. Que sepa contener tanto exceso visceral. Que te haga crecer y convertirte en una mujer.
Alguien que pueda hacerte ver que tienes las tetas donde las tienes, las patas de gallo en su sitio, como dios manda, qué cojones, y que, a pesar de que lo único que se mantiene intacto es tu puto orgullo, eres alguien a quien se puede querer. Yo te quiero, y si no fuera porque a veces hay que hostiarte, si fueras un hombre me casaría contigo por la iglesia y todo, porque eres noble, franca y fiel, eres una persona leal y coherente casi siempre, eres inteligente y culta, buena conversadora y jodidamente divertida y cabal, y seria cuando toca, y sorprendente casi siempre, y aprendo de ti cada vez que hablamos, y sé que soy mejor porque te tengo a mi lado... Eso es lo que no te da la gana de ver, y mucho menos de mostrar, ocupada como estás en comprobar cómo la ley de la gravedad hace estragos en tus redondeces (¿y por qué no miras las maravillas que está haciendo el tiempo en tu careto, cada vez más dulce, en tu capacidad para relativizar, en tu sonrisa más serena, en tu eficaz gestión del tiempo y de las prioridades?). Ellos quieren personas, no máscaras. No sabría cómo explicártelo más claro y más veces... ¿sabes esa canción de Sabina que no habla del físico de ella, pero le dice "eres mi envenenada medicina"? Escucha y piensa.

En todo caso, a partir de ahora, maromo que putees, maromo que adopto. Que lo sepas. Que a estas alturas de la peli, y viendo cómo está el mercado, o te pones las pilas o te auguro dos tristes opciones: o vestir santos, o desnudar borrachos.

Porque no me jodas... Mauri no es una opción... verdad?
Tranquilízame en ese aspecto, hija, que sólo de pensarlo me ha dado un vuelco el estómago.

¿Cafelito el miércoles?

A tus pies, querida mía.



...


Hasta en las mejores familias (o incluso en las mejores familias con más motivo, que en habiendo recursos, donde comen tres comen seis) existe un fantasmilla de sábana blanca y sonrisa candorosa que propone cosas. O que toca los cojones, según se mire.

A veces dice que te tires de cabeza, que venga, que adelante. Y te tiras. Con mejor o peor fortuna, pero allá que vas porque no puedes hacer otra cosa, porque no piensas, porque sabes que pensar, calcular riesgos, prever consecuencias futuras puede acabar con el encanto de cagarla a conciencia, a calzón quitao. ¿Hablamos de amor? ¿O quizá de inversiones en bolsa? En todo caso... ¿cuál es la diferencia?

Otras veces te invita amable y tímidamente a recular: descártate, que no se puede jugar con tanta baraja en la mano... y entonces no puedes evitar calcular, pensar, evaluar... qué duro es el descarte! ¿Hablamos de amor?

Mami llevaba unos días un tanto mustia. Ni siquiera los mimos de su cuarentoncito malcriado habían conseguido sacarla de un estado melancólico que le había sustraído el interés por los cafés con las amigas, la misa de ocho y las tiendas de telas carísimas.
Quizá el fantasmilla familiar le estaba proponiendo un descarte... había estado tan pendiente de putear al niñato que se le había pasado la madre, y había sido poco insidioso con ella... ¿tendría el fantasmilla de la familia ganas de cambiar de víctima?

Don Mauricio, inmerso en las mieles de la trastienda de la mercería de barrio no terminaba de entender el cambio de humor de su legítima, aunque tampoco le preocupaba en exceso. Él atendía a quien le atendía, y no era (nunca lo fue) el caso.

Mauricín, el gilipollas, el pijo Mauricín, estaba perplejo.
Mami era la única hembra con un comportamiento que él podía entender, que mantenía cierta coherencia, cierta dinámica uniforme. Y ahora le hacía aguas.

Si el patrón por el que él juzgaba al resto de las mujeres comenzaba a mutar, no sabría cómo conducirse.

¿Y si Mami estuviera proyectando planes para él? Realmente no sería la primera vez, ya que, si echaba la vista atrás, veía meridiana y tristemente claro que su vida no había sido sino un continuo complacer a la autora de sus días, hasta el punto de que desechaba estos pensamientos por evitar la sensación asfixiante que se apoderaba de la boca de su estómago y le impedía respirar.
Era una marioneta en sus manos, y lo sabía. Pero lo sabía en la parte más oscura de su miserable persona, esa parte que no dejamos traslucir nunca, ni siquiera nos atrevemos a mirar en la más íntima de las soledades.
Cuando no nos gustamos, no nos miramos...
Hasta el día en que toda esa miseria se convierte en entidad independiente, tangible, otro individuo con el que puedes incluso chocarte en el pasillo de la casa, y nos mira a la cara con esa sonrisa de colmillo retorcido:

- Te voy a crujir
- No puedes, eres yo.
- Sactamente. Y tú eres tu superyó. O sea, un gilipollas.
- Ya empezamos...
- Mauricín, eres un gilipollas!

- Pero aún piensas en ella? Oye... yo pensaba que eso era agua pasada, que estabas ya curado, de hecho fuiste tú quien la dejó y con no muy buenas maneras... Mauri, deberías aparcar el tema ya, no??
- Sólo pregunto por curiosidad... al fin y al cabo es otra de mis chicas.
- Es la única que te importó, cuándo vas a ser sincero contigo mismo? Fuiste un gilipollas.
- Oye, no necesito sermones. Si no quieres, no me cuentes nada, pero no me calientes la cabeza.
- Eres un gilipollas, Mauricín.
- No me llames Mauricín!
- Mauricín!! Gilipollas!!

Las amigas es lo que tienen...
Carolina era amiga de Mauricín. Era la viborilla de su barrio, la única que podía reírse de aquel pobre imbécil. La única sin pelos en la lengua y con una cota de confianza que le permitía estar cerca.
La pregunta de su amigo la retrotrajo a otro tiempo y se sintió solidaria y mujer. Recordó un tiempo en el que Mauri era feliz y le daba menos el coñazo.

Recordaba un tiempo no tan lejano en el que su amigo tenía una mujer hermosa.
Era suave, tenía la piel tirante y satinada, escasa de manchas o lunares, tensa y reactiva.

Entonces se erizaba sólo escuchando los dulces susurros del niño Eros.
Y los de Apolo, y los de Marte... era una diosa, y lo sabía, y se mostraba al mundo, prescindiendo de espejos y afeites. Era hermosa, ése era su poder.

"Hoy encuentra su poder dándote la espalda y negándote su rostro.
Regalándose su imagen más ajada, más lacia y cansada. Pero sólo suya.
Ofreciéndose la sonrisa que ya no puedes ver. Una sonrisa fruto de haber vivido, de haber entendido dónde está el secreto de la calma, dónde crecen las flores de la alegría.
Un NO a tiempo, un BASTA YA en el momento adecuado, un AHORA YO justo cuando tocaba.

Su vientre ya no es liso, ni sus pechos desafían a la ley de la gravedad, esfuerzo inútil y melancólico; su rostro muestra las señales de la risa y del llanto. Del llanto.
Ahora ya no necesita la admiración de diosecillos.
Ahora ya es ella, plena y hermosa de dentro hacia afuera. Es de ley, le tocaba.
Decide, manda, dirige, actúa. Para ella.
Lo que no sabía era que iba a levantar tantas ampollas.
Y quizá eso sea lo que más le ha gustado."

Eso es lo que Carolina quiso decir a Mauricín, y eso es lo que no le dijo, porque a veces le odiaba tanto que lo peinaría a hostias por gilipollas, pero hoy, precisamente hoy, lo único que sentía era una profunda pena, verdadera compasión por la pobreza de espíritu del hombrecillo con los puños de la camisa doblados y el cerebro de un paramecio. O zapatilla.



Mujeres


Hay muchas clases de mujeres.
Mami era una de esas mujeres que se había pasado la vida haciendo eso que llaman "lo que se debe hacer".
Fue una buena niña, una jovencita aplicada en sus estudios y perfectamente integrada en un estilo de vida establecido y francamente cómodo.
No sufrió los ataques de rebeldía propios de la adolescencia, no mezcló sus burgueses huesos con los de personas de hueso proletario, salvo las dos chicas de servicio que mantenían la plata impecable en la casa familiar. No sufrió de desamor ni disfrutó de lo contrario.

Fue perfectamente entrenada para perpetuar un statu quo que nunca cuestionó.
Fue una pájara boba bien adiestrada para no contrariar a su esposo, criar a su hijo en los sólidos principios de "siempre que sea posible, que te lo den hecho" y hacer la vista gorda ante todo lo que la incomodaba.
Sólo le frustraba no haber sido madre de hija, para poder ir juntas a comprar trapos.
Pero hasta en eso había tenido suerte, y Mauricín le salió complaciente, y era él quien hacía de "agente de bolsa", con lo que pesaban todos aquellos paquetes.

Hay muchas clases de mujeres, pero las mujeres como Mami aportan al mundo un toque insufriblemente inmovilista, monótono y asfixiante, estrecho de miras, insuficiente, egoísta, corto de vista, patizambo, frívolo, escaso, difícil.

Muerte a las Mamis que convierten a los mauricines de turno en peleles eternamente insatisfechos.
Muerte a las hijas de las Mamis, que convierten a los peleles en autómatas.
Muerte a quien convierte a los hombres en mercancía por miedo a querer, porque la vida es un puto boomerang.
Y la mierda acaba siempre en la cara de quien sólo pasaba por allí.

Del resto de mujeres, dejemos hablar a los expertos:



Grietas


Cuando por fin tuvo la lucidez de mirar hacia afuera, dudó.
Demasiado tiempo poniendo parches para parecer aquello que quería ser y que no era, sujeto por andamiajes tambaleantes... había que salir a la calle.

Se afeitó con mimo y recordó que la única mujer por quien hubiera dejado el cálido nido de mami sin mirar atrás se mantenía inmóvil cada vez que realizaba aquel ritual mágico. Enjabonarse la cara, llenar de agua caliente el lavabo, contemplarse de esa guisa, desnudo, adormilado aún, frente al espejo, verla en segundo plano, callada, encantada, atenta a cada pasada de la cuchilla por su cara, conteniendo la respiración para evitar accidentes...
Sabía prolongar la liturgia para regalarle y regalarse miradas silenciosas y complicidad a raudales.
Indefectiblemente, tras el aclarado, ella restregaba la nariz por su cara qué bien hueles, a jabón, a limpito, a recién planchado, y se entregaban a un curioso intercambio de inspiraciones, en busca de olores nuevos, matices en la piel del otro, gruñidos de animalillos en celo y protestas por la dureza de esta vida que nos hace trabajar cada lunes y cada martes.

Se fue harta de afeitarse los cuernos, de reprimir las ganas de empitonarle la femoral, una buena cornada con dos trayectorias en el triángulo de Scarpa habrían hecho mejor justicia. Harta de comerse los faroles, las manoletinas y las revoleras, harta de sus cambios de tercio, de sus espantás, y de aquella horrible costumbre de torear-la con el pico, alejándola con la menor de las elegancias. Zafio.
Harta de escuchar los olés de sus palmeros, herida de muerte ya, dejó un leve rastro de Eau de Rochas en el ambiente y desapareció subida en unos tacones de vértigo.

Afeitarse recordando todo aquello fue dejando un par de surcos longitudinales que labraban el jabón de su rostro inexpresivo.
El hueco que ella había dejado a la izquierda del espejo le resultaba un abismo insondable.
Si no fuera porque era quien era, se podría haber pensado que tenía sentimientos, y que aquello era un llanto callado por quien le hacía sentirse bueno, cálido, humano.
Aprovechando que era abril, decidió diagnosticarse un potente acceso de alergia.

Jaimeeeeeee---- (3)


Confesaré humildemente, querido gatomío, que este fragmento me ha resultado especialmente evocador, especialmente gozoso, como los misterios del rosario.

MAURICÍN

Ya de pequeñito se le veía así como tontorrón, despistado, medio ido, medio lelo, modorro en su totalidad, la vista perdida en lontananza o barlovento, que para el caso era lo mismo, y un curioso tic que se activaba cuando se le sacaba de su idiocia. Entonces, parpadeaba ciento cincuenta mil veces en dos nanosegundos y parecía aún más imbécil. Una vez parpadeado convenientemente, atendía a la segunda, respondía sin pensar lo que estaba diciendo y convertía una simple pregunta de respuesta sí/no en una conversación para besugos de alto standing.

Mami le defendía, le cobijaba de manera enfermiza bajo el ala, alegando que su chiquitín Mauricín tenía una vida interior muy activa, y una sensibilidad muy desarrollada.
Papi lamentaba el comentario y respondía que lo excesivo en el niño era la ropa interior, y que eso era lo que hacía que su sensibilidad al frío fuera tan exagerada, que mejor sería dejar más suelto al chico, que le diera el aire, que estaba amariconao perdido y más o menos gilipollas en función de la estación del año, aumentando clamorosamente en la primavera, como era de suponer.

Al chico le vino de perlas que mami se sintiera inútil si no cuidaba del chiquitín. Casi cuarenta tacos marcaba el cuentakilómetros de Mauricín y andaba mareando perdices con cara de cateto endomingao y camisa de cuadros de manga larga con vueltita de puño en el buen tiempo, mientras mami le preparaba el menú, le cambiaba cada dos días las sábanas de hilo y le ojeaba mozas de buena posición y mejor trapío que tenían todas las de perder si eran listas, porque no pasarían por el jugoso tálamo de Mauricín.
Lo único que tenía grande aquel cenutrio era la cuenta corriente.
Papi languidecía contemplando el vago redomao que había consentido criar.

No hubo más hijos.

El pequeño tirano con cara de tortilla de patata mal cuajada succionó culpabilidad maternal, acaparó para sí toda la atención y dejó sin sustento sentimental (ni del otro, huelga decir) al pobre papi, que no tardó en encontrar consuelo en los brazos de la dueña de una mercería de barrio, muy fina ella, muy de provincias, manicura rosita perla, muy de tapetes de ganchillo en los brazos del sillón, que tenía la insólita habilidad de recitarse la letanía del rosario en latín en lo que le duraba el éxtasis con don Mauricio padre.

Es de justicia decir que don Mauricio siempre fue un hombre taciturno pero muy cumplidor, y a una hembra no se la podía despachar con faenas de aliño. Se entregaba, sudaba la gota gorda y la mediana, y arrancaba devotos gemidos a Mariví en la trastienda, entre cajas de filtirés, canesús, cintas de terciopelo de cien colores, hiladillos variados, cremalleras, corchetes, fajas tubulares y sostenes corseteros

Mater castissima, ora pro nobis
Mater inviolata, ora pro nobis
Mater intemerata, ora pro nobis
Mater inmaculata, ora pro nobis...
Ay, Mauri!!! Maurimaurimaurimauri!!!!!
Qué ricooooooooooommmmmmmmm!!!!!

Qué felices eran los días de Mariví!
Qué sietemachos se sentía don Mauri, que marcaba el ritmo de sus empellones con cada Mater que exhalaba la dulce, modosa, ardiente e insaciable Mariví!
Aquello era un hombre, y no el zurriago de su hijo!
Aquello eran faenas de dos orejas, rabo, vuelta al ruedo, indulto al astado y vuelta a empezar, por el amor de Dios, Mariví, que no puedo con mi alma!
Y Mariví sonreía, picarona y provocativa, le ponía morritos y don Mauri se reencarnaba todas las veces que hiciera falta, que aquella mujer, gloria bendita, milagrito de última hora, no pedía pan, y daba tanto como quitaba.

Justicia poética!

Jaime... (2)


M'has tocao lo que no suena.
A ver lo que dura :)


Lo cierto es que se sentía algo cansada, algo harta, algo perdida.
No terminaba de encontrar la excusa adecuada para reinventarse, y andaba tropezando consigo misma y sus flecos eternos.
Si la vida hubiera sido más benevolente, le habría proporcionado alguna herramienta cortante para poder dejar atrás tanto...

Pero la vida era rácana para con ella, y, a decir verdad, tampoco ella trabajaba mucho aquello del borrón y la cuenta nueva, así que arrastraba el miedo de uno, la apatía del otro, la desconfianza de alguna, la soberbia y la impudicia de otra, el no pudo ser del único que supo llegar hasta el fondo del meollo y que fue expulsado del paraíso, por si acaso se le ocurría instalarse.

Se le quejaban: no te dejas querer.
Se defendía atacando: para qué?

No estaba claro si era el miedo a ser abandonada el responsable de aquella continua huida hacia adelante. Quizá el problema era un nivel de exigencia perfectamente inasumible para cualquier mortal del sexo opuesto. Leer el pensamiento no es un atributo considerado humano.
Quizá por eso, porque necesitaba sentirse necesitada y no necesitar a nadie, decidió vivir de enseñar.
Nunca echaría de menos a nadie más allá de un rato indefinidamente corto. Y sin embargo, tenía la plena consciencia de que podía hacerse inolvidable para los restos, para un par de veintenas anuales de proyectos de personas.
No había mejor propuesta.

Al fin y al cabo, para follar no hace falta encontrar un príncipe azul... más bien miles de imbéciles eventuales con una buena polla era una solución mil veces más eficaz. Y ya se sabe, que Dios da pañuelo a quien no tiene mocos, así que cuanto más tonto, mejor. Hortelano tonto, patata gorda.

El plano intelectual lo podía solventar por otras vías.
El plano emocional lo resolvía a solas, llorando, pero sólo en el caso de que otras cien mil maniobras de evitación, procrastinación y (de nuevo) huida, no hubieran funcionado.

Pero para pasar a la posteridad necesitaba a los niños.

Así las cosas, configuróse como una especie de personaje esquizoide, de extremos escalofriantes y apariencia sólida, controvertida, eficaz, tajante.
Profesional polémica por sus métodos poco ortodoxos, compañera inquietante, ácida y soberbia, colaboradora y solidaria, hija rebelde, madre atípica, sufridora y empática, relaciones públicas inigualable, militante visceral del partido misántropo (esto va porque no tengo nada claro que exista la palabra misántropa, y Bibiana Aído me parece una cateta de primer orden, y su miembra me traumó), amiga fidelísima, débil y complaciente.
Un caramelito para los estudiantes de último curso de psiquiatría.
Una auténtica perra.

Jaime...


Mientras Lope se quejaba de que Violante (Yolanda para los amigos) le mandaba hacer un soneto, somos unos cuantos los que recibimos reprimendas por no sentarnos a escribir "en serio".
Creo que me puede precisamente el pudor del que prescinde el personal cuando viene a comentar aquí...

Bien... aquí una mini-producción que dedico a mi gato del alma, padre de ese hijo nuestro que una bruja mala encerró en una torre.
Con amor, Gato, y en la confianza de que, antes o después, nos reiremos (más aún, y en público) de la bruja, del amo del calabozo y del cuento en general, y tendremos más hijos. Total, sólo es ponerse...

MALA SUERTE

No sabremos nunca si la pobre era así de nacimiento o las circunstancias de la vida fueron conformando aquello que al primer golpe de vista era una persona, sí, tenía por lo menos esa pinta, cabeza, tronco y extremidades, pero más bien era un dolor de tripa encubierto.
Sus rasgos no dejaban concretar demasiado su edad, pero yo siempre pensé que tendría tres o cuatro años más de cuarenta.
Tenía los ojillos pequeños y esquivos, llevaba gafas bastante pasadas de moda y bastante sucias siempre, sujetas sobre una nariz con una base ancha, carnosa y desagradable a la vista, como la nariz de un borracho. Labios finísimos, dientes muy pequeños, aspecto como de ratón. De rata, sería más preciso.
No era rubia, ni morena, ni castaña... tenía el pelo de un color milagroso, como la chupa del dómine Cabra, tan entrañable como repugnante. Un pelo de alambre de color indefinido.

No pronunciaba. Las escasísimas veces que la escuchamos hablar era realmente complicado entender bien lo que decía, porque suplía la articulación de algunas consonantes con otros sonidos. El efecto era curioso, porque si no la mirabas, la entendías. Pero si mirabas sus labios cuando hablaba, se generaba una distorsión entre lo que veías y lo que oías que te sacaba de la conversación para no poder recuperarla más.

Olía mal. Olía a viejo, a húmedo, a cueva, a encierro.
Olía a tristeza y a pan de ayer, a desabrigo y a tocino rancio.
Apestaba su amargura a cien mil kilómetros de distancia.
Una vez que entraba en tu campo sensorial no podías despojarte de aquel olor ponzoñoso que te llenaba de congoja y te hacía arrugar la nariz, como cuando te arriman el amoníaco, o hueles una mierda de perro por la calle. Ofendía.

Molestaba, jodía, intrigaba, mentía, interrumpía, daba polculo continuamente. Vivía del cuento, de la buena fe de los que la rodeábamos. A su paso sembraba un chaparrón de silencio denso e incómodo, como una arcada colectiva, un regüeldo de ajo.

Uno a uno nos fue minando la moral con su desfachatez y su afectación de enferma imaginaria e histérica, capaz de todo. Estoy segura de que sería capaz de vender a su madre, de acostarse con su cuñado o de desfalcar al mismísimo Winnie the Pooh.
Cuando quisimos darnos cuenta, no teníamos otra conversación que ella, y por supuesto hablábamos mal. Muy mal.

No discutíamos, ni siquiera le dirigíamos la palabra, pero eso no parecía importarle demasiado. Nunca tuvimos el valor de enfrentarnos a su aspecto manso, nos daba miedo y cierto asco, como ese asco que te entra cuando tienes que encajar la mano de alguien que te la ofrece fría, sudada y blanda. Mano pescao. Toda ella era así. Blanda, fría, repugnante como un sapo lascivo, como una trucha pasada de fecha, maloliente, fría y viscosa.

No la echábamos de menos cuando faltaba meses de forma fraudulenta, no la necesitábamos para nada.
No pregunté por ella en junio, en la cena de fin de curso. Era una insociable. Lo raro es que hubiese acudido a una reunión donde demasiado bien sabía que no se la iba a recibir con vítores.
No la encontré en septiembre, a la vuelta de vacaciones de verano.
Y tampoco pregunté, la verdad.

Hoy he tenido un pensamiento tenebroso, tanto tiempo sin verla, pero al girar la cabeza me he distraido solita, viendo al señor Juan, y se me ha ido el santo al cielo.
Me emociona ver al señor Juan, el conserje, regar un montículo que se ha inventado en el patio del cole, y que debe de abonar más que el resto de la zona de jardín, visto el buen ritmo al que crece un arbolito nuevo que parece un haya. Y los pensamientos que adornan el pie del árbol también están tremendos de flores, a pesar de los fríos nocturnos.
Tiene buena mano para las plantas, el señor Juan, y un sentido del humor un tanto negro, a mí a veces me escandaliza, porque tiene muy poco respeto por los feos, por los minusválidos, por los muertos. Cuenta unos chistes que rompen con todo lo establecido, con todo lo políticamente correcto... cachondísimos pero muy bestias. Con esa voz un puntito aguda, un puntito dulce de anciano rijoso y pasota, te compara un paralítico con una cucaracha en menos que canta un gallo. Y no se despeina, entre otras cosas porque no le importa lo que pienses, pero además porque es calvo como bola de billar.
El señor Juan es un buen tipo que siempre que le pides un favorcito te lo hace y con sonrisa en los labios, que es como mola que te hagan un favor.
A mí me ayudó a descargar el acuario, y le tengo encargado que engrase las bisagras de la estación meteorológica, que con el rocío se oxidan. También me vigila el huerto y me presta herramientas. Lo tiene todo niquelao.

María y yo nos guiñamos el ojo todas las mañanas, dejamos a nuestros alumnitos jugando al fútbol en el patio y nos quedamos embelesadas contemplando cómo el señor Juan cuida de nuestro nuevo árbol, y mientras tanto nos calentamos las manos con un cafelito con leche, buenísimo para la garganta, dicen.

María siempre dice mientras sorbe su cortado con mimo para no quemarse, que fue de una patada en el chichi de una de sus cien mil sustitutas de falsas bajas.
Yo creo que fue la toalla que le hizo tragar la de música, pero también dudo si no sería el de inglés cuando le arreó aquel gancho de izquierda... quizá le tocó alguna vértebra vertical, que diría mi cuadrilla de futuros médicos... quizá un empujoncito tonto, o una grapadora traicionera que escupe a las sienes... vete a saber... un colegio es un lugar de alto riesgo, saben?

Qué lindo crece el árbol.
Eso es lo que importa.