No me voy a hacer las ingles brasileñas. No voy a llevar medias de cristal ni tacones.
Voy sólo a correrme una juerga descomunal sin tener que pensar en carreras, resbalones y tanga al aire. Tiendo a descalzarme cuando trasnocho. Por lo menos, intentaré ponerme dos pares de calcetines y bragas de pura lana virgen porque hace frío.
Voy a sonreir, a bailar, a poner verde a quien corresponda, a ser malvada con una que es muuuuy tonta y tengo ganas de sacar la bífida de paseo, a abrazar en la tercera copa a mi compañero, a quien nunca agradeceré lo suficiente la ayuda prestada, a confraternizar, a oler a taberna, a guiñarte el ojo de lejos, aunque no sepa ni cómo te llamas ni cuántos años te saco.
Voy a crear historias nuevas que iré desgranando en las incautas orejas de tanto ser humano de cena de empresa, que intentará a su vez contarme lo infeliz que es en su matrimonio...
Me voy a disfrazar de esquimal, pero voy a zorrear en el peor de los sentidos. Voy a usar el cerebro sin una mínima ayuda de atrezzo. Y te lo tengo que decir. Que el que avisa no es traidor.
... y que no es plan enviar a la papelera de reciclaje un blog tan trabajado, tan puesto al día, tan documentado y culto, con un diseño tan espectacular, sofisticado y genuino.
Un sencillo viraje, media vuelta, AR.
Ahora voy a dedicarme a dejarme sorprender por las letras ajenas. Voy a ver si aprendo a atreverme a decir lo que quiero decir desde hace quince mil años y no tengo los bemoles de utilizar los dedos para poner negro sobre blanco una docenita de verdades de las buenas, la mayoría de ellas habitantes de los medios enteros. Voy a dedicarme a ver cómo lo hacen los demás.
Quiero aprender a escribir, va en serio. Esto sólo son pajas mentales muy sujetas a los cánones.
El problema fundamental al que me enfrento es que mi libertad de pensamiento, a día de hoy, sigue escandalizando a las mentes mediocres de los humanos de carne y hueso que me rodean. Allá donde voy se organiza una cohorte de mendrugos dispuestos a escandalizarse porque soy lenguaraz, procaz, provocadora y bruta. Cuando lo único que son capaces de percibir es que soy jodidamente malhablada, sin entender ni de lejos que lo que digo con millones de tacos, coños, pollas y demás cosas, si lo desnudas de vocabulario, es mucho más serio que todo eso.
Y luego viene la etiqueta: es que eres auténtica, tía. No... soy igual que tú, pero yo me corto menos. De hecho, me corto muchísimo más, teniendo en cuenta que voy mucho más lejos, claro. Pero canta mucho.
Si lo escribo, en cambio, puede que de cuatro que han leído, uno lo haya entendido. Otro lo habrá leído tres veces hasta que lo ha conseguido diseccionar y entender en toda su extensión. Muchas veces no habrá servido para nada.
Pero me he sentido aquí más entendida, abrigada, protegida, que en el mundo real. Más identificada con determinadas cabezas. Más afín, más cercana. Sin duda.
Me canso. Cósmicamente. Voy a dedicarme a leer. Me retiro a mis silenciosos cuarteles de invierno.
Feliz Navidad, y tal. Gracias a montones. Muchas gracias, muchos besos.
El maldito rectangulillo en blanco.
La sensación de soledad. La necesidad imperiosa de mezclarme en un tumulto y perderme. Que no me encuentre ni dios. Que no me busque y así se ahorra una mala contestación.
Diciembre no es mi mes preferido. Me ahoga la melancolía. Me sumo en una tristeza profunda y espesa como un puré de patatas. En esta época necesitaría un paréntesis para aislarme absolutamente de todo, porque todo me duele. Quiero llorar, lloraría sin parar hasta la deshidratación.
Odio este mes y me resucitan las pérdidas y la desilusión, se me aparecen los desaparecidos, los traidores, los vampiros del pasado, mis hijas reclaman más, y mis reclamaciones caen en saco roto. Dejà vu.
Siempre lo mismo.
Ya no tiene arreglo. Simplemente tengo que mantener a buen recaudo mi memoria para que mis chicas no caigan en las mismas trampas emocionales que yo.
Perdón por la tristeza, pero mis pajas mentales son mías y me las hago donde me da la gana. Saludos cordiales.
Por lo que me cuentas, y teniendo en cuenta mi pasión por el diagnóstico y mi tendencia poco seria a lo que algún experto denominaría "hacer atribuciones", yo diría que tienes un pedazo de problema que se llama terror. Te cuento lo que veo, pero no te me enfades, va con amor.
Se trata de un terror que genera ansiedades manifestadas en soberbios ataques de nervios con sus lloros, duelos y quebrantos, crujir de dientes y desesperaciones varias, acompañadas de hipos, moqueos, aislamiento social, algún que otro vómito incontenible y no provocado con su subsiguiente irritación gastroesofágica y estado de postración por agotamiento físico y mental. En tu lenguaje-telón, se llama tristeza profunda. En el mío, histeria de la buena. Inmadurez, dado que los treinta y cinco ya no los cumples. Y los treinta y ocho tampoco, qué coño.
Terror fomentado por una muy baja autoestima y una exigencia para con los demás que provoca rechazo de las otras partes contratantes, que provoca a su vez abandono por miedo anticipatorio, que origina sentimiento de culpa, conducta defensiva, evitación, procrastinación, rechazo al compromiso, chantajes emocionales diversos y capacidad asombrosa para echar balones fuera.
La culpa siempre es de los demás.
Terror que va dejando una estela de daños colaterales: te dejo por aquél, que me mira mejor que tú, te dejo porque ya no me dices lo que me decías hace tres meses, y eso quiere decir que... te dejo porque no quiero que nuestra historia se estropee como todas las demás, así que... te dejo porque... te dejo porque no me soporto a tu lado, porque ya no me pareces tan guapo, porque el sexo ya no es tan bueno, porque la tienes grande, porque la tienes pequeña, o mediana, qué vulgaridad, porque me apetece un circunciso que conocí ayer, porque no tenía que haber empezado, te dejo antes de que me dejes tú, porque tu madre es una gilipollas, porque tus calcetines de rombos son terribles y me generan agudizaciones del acné, te dejo porque no me cuidas, te dejo porque no te merezco... te dejo... te dejo para que no me dejes. Esa es la triste realidad. Reconócelo, ahora mismo sólo tienes al pamplinoso de Mauricín al lado, tan amigo, tan siempre presto su hombro... ¿será esto lo del roto y el descosido? y me tienes a mí, pero claro, yo no soy candidata a la cosa sentimental, vaya eso por delante. Excepción hecha de Mauricín (¿cómo le soportas, tía?) a mí me gustan TODOS los hombres.
Terror a no ser querida, a desvanecerte en la nada, a que no te recuerden, a no ser la princesa de un supuesto, y absurdo, e imposible cuento de hadas. ¿En qué idioma explicarte que los príncipes azules destiñen y te dejan la colada hecha un cristo?
El antepenúltimo,o quizá el anterior, o el otro... quién sabe ya, era un buen tipo. Y el otro, divertido hasta decir basta. Otro de ellos, bien tierno y cariñosón (pa mi gusto, una lapa), buen conversador, educado, atento y bastante espabiladito. Todos te querían. Cada uno como supo. Y por ahí se fueron quedando, heridos de amor y desconcierto, abonando un campo yermo y creando defensas que tendrán que derribar otras.
Terror a que no te quieran porque tú no te quieres.
Supongo que sólo te falta experimentar con algún domador de leonas que empiece por ponerte los límites que nunca has tenido. Que sepa contener tanto exceso visceral. Que te haga crecer y convertirte en una mujer. Alguien que pueda hacerte ver que tienes las tetas donde las tienes, las patas de gallo en su sitio, como dios manda, qué cojones, y que, a pesar de que lo único que se mantiene intacto es tu puto orgullo, eres alguien a quien se puede querer. Yo te quiero, y si no fuera porque a veces hay que hostiarte, si fueras un hombre me casaría contigo por la iglesia y todo, porque eres noble, franca y fiel, eres una persona leal y coherente casi siempre, eres inteligente y culta, buena conversadora y jodidamente divertida y cabal, y seria cuando toca, y sorprendente casi siempre, y aprendo de ti cada vez que hablamos, y sé que soy mejor porque te tengo a mi lado... Eso es lo que no te da la gana de ver, y mucho menos de mostrar, ocupada como estás en comprobar cómo la ley de la gravedad hace estragos en tus redondeces (¿y por qué no miras las maravillas que está haciendo el tiempo en tu careto, cada vez más dulce, en tu capacidad para relativizar, en tu sonrisa más serena, en tu eficaz gestión del tiempo y de las prioridades?). Ellos quieren personas, no máscaras. No sabría cómo explicártelo más claro y más veces... ¿sabes esa canción de Sabina que no habla del físico de ella, pero le dice "eres mi envenenada medicina"? Escucha y piensa.
En todo caso, a partir de ahora, maromo que putees, maromo que adopto. Que lo sepas. Que a estas alturas de la peli, y viendo cómo está el mercado, o te pones las pilas o te auguro dos tristes opciones: o vestir santos, o desnudar borrachos.
Porque no me jodas... Mauri no es una opción... verdad? Tranquilízame en ese aspecto, hija, que sólo de pensarlo me ha dado un vuelco el estómago.
Dicen que para escribir hay que estar jodido. Es cierto. Es cierto que lo dicen, quiero decir.
Seamos serios. Cuando estás jodido de verdad, no escribes. No te llega el resuello ni para teclear cuatro chorradas, ni para reflejar las infinitas pajas mentales que se te vienen a la cabeza sin que puedas hacer nada por evitarlo.
Cuando estás jodido falta y sobra todo el tiempo, toda la gente, todo el barullo. Cuando estás jodido no sabes si tienes que escribir o mejor te duchas porque apestas. No sabes ni entiendes de los otros, y no quieres saber nada de tí mismo.
¿Es, o no es?
Pues bien... yo estoy jodidita, pero lo de siempre. Cansada, desbordada, ahogadita, harta, ansiosa, insomne, bulímica pero sin vomitera... lo normal.
Una mudanza, un ex en busca de dinero fácil, unas hijas intentando adaptarse a una situación tan nueva como excitante (todo les ha mejorado, están contentísimas, cómo mola Madrid, qué maja es la gente, mamá...), un compañero intentando adaptarse a las hijas de mi menda y a mi menda lerenda (ahí es ná), una rabia no contenida por no poder ponerme a llamar a todo dios y montar un cocido para setenta en casa, pero no me llega, no me llega el aliento.
No soy feliz, porque eso sería haber claudicado y dedicarme a hacerme la sorda, la ciega y la tonta. Tengo un colegio con niños verdaderamente problemáticos (o llenitos de problemas, no sé muy bien...). Tengo cierta nostalgia de cosas (no... de personas) que dejé allí y las echo muchísimo de menos, pero tampoco llamo, ni escribo, ni nada... nostalgia de lo que dejé y de lo que tengo aquí y no puedo atender... mi Gato, mi Carlitos, un ratito para plantarles dos besos al Dedos, al Pau, al Insti, al Lagarto, a la Delirium, a la Antígona, a tantos que me dejo... realmente no nos necesitamos, la vida es corta, el tiempo pasa deprisa y todo eso, pero JODER, quiero encontrar mi rato de asueto, subirme a unos tacones rojos y salir a beberme una Mahou a morro... tanto tiempo esperando este momento y el momento se me echa encima sin piedad.
Encontré un piso estupendo, precioso y lleno de luz, muy lejos de mi Madrid añorado, del centro, de las tabernas con el suelo lleno de cabezas de gambas... pero tenemos el Metro. Me siento como uno más entre los miles de colonos de esto que antes era un descampado en el culo del mundo y ahora, al parecer, es chic de la muerte y un poco catetorri. Pero estoy en Madrid.
Estoy en Madrid, y me lo repito tantas veces al cabo del día que parezco gilipollas. Estoy aquí, y pienso seguir estándolo, aunque no haga ruido, aunque no os cuente gilipolleces, aunque no lo parezca. Sigo estando aquí, y probablemente eso haya adormecido mi imaginación y desarrollado mi olfato y mi sonrisa mañanera. Me gusta cómo huele esta ciudad llena de gente bulliciosa y franca. ¡¡Joder, cómo me gusta Madrid!! Y me encanta saber que estáis ahí... y que probablemente nos crucemos algún sábado de escapada por la FNAC, o en La Chata, o en...
Y total... Te miras el periódico en dos minutos para enterarte de que otra de esas voces que te acompañan desde ni sabes cuándo se ha apagado.
Me pregunto cuándo será el día en el que una pueda decir eso de "joé, qué día tan redondo!"
Hoy hace un día espléndido. Pensaba en salir a dar un paseo por el campo (sí, claro, los fines de semana huyo a mi pueblo en busca de silencio, de saber las horas por las campanas del convento y esas tonterías que me son imprescindibles y que tanto he añorado). Pero ya no me apetece darme el paseo, me apetece rememorar cuando papá ponía el disco de Mercedes Sosa y escuchábamos Alfonsina, las chacareras potentes, la nana del negrito... recuerdo y se me ponen los pelillos de punta. Qué hermosa voz.
Pues nada... otra que se ha muerto.
Joder. Emociónense con esta mujer de biografía escalofriante. La versión de Alfonsina es la más hermosa del mundo.
Que sí, que estoy ya en el foro, ya tengo colegio con tres niños diagnosticados de hiperactividad medicados. Cola-cao con Lexatín todas las mañanitas... y a mí no me traen ni siquiera un cuartito!! Y también tengo un niño con el síndrome de Asperger, que es una cosa muy tremenda que espero que no tengáis en vuestro entorno cercano. Varios magrebíes, varios latinos (yo los llamaría sudacas con respeto, pero joé... la cosita está mala) y algunos nacionales.
Entre niños y adultos del pasado, tengo un master en disfuncionales, y todavía podré escribir libros variados sobre lo que opino al respecto de meter en una clase a tanta población con problemas tan severos y sin personal especializado. Si los niños acaban tarareando a Sabina (tienen siete años) lo siento, pero que vayan a reclamar al maestro armero. También pienso enseñarles el himno de Riego, la Internacional y el Caralsol... que no digan que no soy plural, y eso.
Layeni y Lavane parecen paletas recién llegadas de una aldea. Todo merece un "halaaaaaa", todo les parece bien, todo les gusta, les sorprende la gente y lo bien que las han acogido en los respectivos coles... andan jodidas porque vivimos en la otra punta de donde tenemos el colegio, pero pasamos las tardes pateando la zona para encontrar alquiler cerquita... qué fuerte, de verdad.
Por eso no escribo, porque estoy muy cansada y aún al llegar a casa hay que lavar y planchar, preparar la cena y la comida del día siguiente, pasar por mil sitios a comprar libros, uniformes, intentar convencer a las autoridades de que mi documentación está en un trastero, pero que no somos narcotraficantes y que nos gustaría empadronarnos en esta ciudad que, siempre lo dije y lo mantengo, me da la vida en la misma proporción que me la quita... somos unas sinpapeles acogidas en los colegios por misericordia...
Los tíos reclamáis atención porque claro... de todo esto no sabéis nada porque ni siquiera he enviado un triste mail para dar a nadie señales de vida... pero es que me queda un hilillo, así que aquí quedan cuatro líneas sin el menor interés literario... dejadme en paz, coñio, que no puedo ni con los huevos. Ya os iré contando cuando recupere el tiempo y la inspiración.
Tengo ganas de veros a todos y daros un achuchón. Un beso grande. Y si alguien quiere alquilarme un piso GRANDE en la zona de la carretera de Burgos, que lo deje aquí dicho, que me urge con urgencia. Las niñas están agotadas, es una hora de ida y otra de vuelta en metro... mi religión me prohíbe atravesar Madrid en coche por la morning.
Y si alguien sabe recomponer los riñones de esta servidora, que lo diga también. Y decid algo, ya que me esfuerzo en decirlo yo. Muás.
He intentado guardarte en el corazón y sólo me has llegado a la vesícula biliar. Tantas veces como hemos sido presentadas he mostrado mi admiración por tí, mi deseo de ser tu amiga, de integrarte en mi vida, de integrarme en la tuya, y todas esas veces me has mostrado tu más fría indiferencia.
Bien... aquí termina mi esfuerzo.
Te has comportado como una provinciana venida a menos, orgullosa y cerrada, has despreciado mi interés y mi esfuerzo, no me has devuelto ni una triste sonrisa.
He ido a despedirme de ti desde un lugar bien alto, con sus míticos bares cantados en canciones desgarradas. Teniéndote a mis pies te he mirado a los ojos, faltos de brillo en este mes de agosto que vacía las urbes y he buscado dentro de mí un sentimiento de pérdida que no he logrado encontrar. No te niego que me entristece esa indiferencia, ya mutua. Todas mis ciudades, todas, han dejado algo impreso en mi alma, y de tí sólo puedo decir que has sido una puta ingrata.
...Y dice la gente que ahora eres formal...
Me entristece saber desde ya que no te voy a echar de menos.
Ahí te quedas, querida. Tanta gloria lleve como descanso dejo.
Mientras vacacionamos (vacacionáis) en la playa rodeados de amigos, noches locas y copas, la vida sigue un curso paralelo y mucho más lento para otros.
La palabra "esperar" que tanto me exaspera adquiere un nuevo significado cuando me enclaustro en el mundo rural, y el reloj carece de utilidad. Asomar la gaita en la frutería es encontrarse a siete personas delante de tí que están más interesadas en contarse cómo les ha ido la vida desde el agosto pasado que en ser despachados.
- Pasa, maja, que estás despachada en un pis-pas - No, luego vengo otra vez, que tienes mucha gente.
Y la "mucha gente" se gira y me mira mal, no sé por qué, pero creo que he dicho alguna inconveniencia de urbanita gilipollas... como si fuera nueva aquí, donde las tiendas abren a las diez de la mañana y antes de comprar las mujeres tomamos café y ponemos verde a cualquiera que se nos ocurra... donde los tenderos paran cuando les sale de las pelotas a tomarse una caña, y si vas a buscarlos al bar te invitan a otra y te dicen que te esperes y que les cuentes... parezco nueva y me siento, si no nueva, extraña. Tanta calma no puede ser buena para mi cabeza, me digo, casi al tiempo que pienso que podría acostumbrarme, y que eso significaría perder tanto como ganar. Seguro que priorizaría malamente.
Sigo mi periplo de compras y salutaciones variadas... con el paso de los años me parezco cada vez más a mi padre, así que soy reconocida por la cara, interpelada, interrogada y demás...
Vuelvo a la frutería tras veinte minutos. Detrás de mi entran dos ancianos (aquí se llaman viejos, sin tonterías y con respeto), uno me pide la vez y el otro le dice "pues yo detrás de ti". Leen mi periódico, cada uno a un lado mío, aunque detecto un estrabismo voluntario hacia mi canalillo... éstos aún no han renunciado al jamón. Ni a la jamona. Sonrío. Les sonrío, e inician un diálogo desolador:
- ¿Y cómo está tu hermano? - Bah... no conoce a nadie. - Hay que joderse, oye, qué cosa será ésta... y que no vuelven, ¿eh? Qué jodío debe ser no acordarse de nada... ni familia, ni la mujer, ni los chicos... - Lo jodío lo tenemos los que sí nos acordamos y vemos que no hay modo de traérnoslos p'acá, cagonlahostiaputa. Ande tendrán la cabeza, qué pena da verlos. Mejor morirse, chico. - ¡Amos, anda!! No digas eso ni en broma.
Interrumpe la conversación una señora mayor con unas piernas muy gordas y muy hinchadas que pretende salir por entre nosotros con su carro. En la puerta, un padre con dos niños espera a su mujer que compra, y no se retira ni quita la sillita del bebé para que pase la abuela con su carro y sus andares torpes... Pierdo la prisa, la ayudo, "pido" al orangután con cachorros de orangután que se aparte con cara de comadrona malfollá, me decepciono, me defraudo a mi misma pensando en la santa guerra que da mi abuela y lo bien que tiene la cabeza y no es capaz de apreciarlo, sólo protesta, molesta, siembra la insidia, hace daño, miente... ochenta y ocho años de amargura y unos análisis que ya los quisiera yo. Y sus hijas medicadas por la ansiedad que les genera esta gota malaya y continua. Manda cojones. Evitamos las visitas por evitar a la abuela, y ellas están en medio...
La vida es maravillosa. Se nos pasan los días sin acordarnos de que es un suspiro, de que hay gente que nos necesita... en este pueblo los viejos tienen su sitio y su respeto. Me doy cuenta de que no veo en las ciudades gente tan, tan mayor y funcional. Nos estamos cargando tantas cosas...
Me siento culpable, desconsiderada y avergonzada como ser social. Y sin embargo, como nieta, hay momentos, cada vez más frecuentes, en los que me pregunto por qué mi familia se pelea continuamente por no responderla mal a ella, que es mayor y no sé qué más... Por qué los niños se llevan rapapolvos por evitar que se los lleve ella, que es quien intriga y malmete, por qué ella disfruta cuando ve que discutimos, que regañamos a los niños, y apoya diciendo "ahí, ahí"... Por qué sus hijas han consentido que las cosas llegaran a este extremo insufrible...
Entonces me llegan noticias de gente feliz, bien avenida, lejana y cercana, entrañable y libre de lazos familiares asfixiantes y también me pregunto... qué es lo que me impide a mí coger mañana mismo un coche, un avión, un tren, y largarme a la playa solita a bebérmelo todo, a bailar, a relacionarme, a dormir de día, a ser posible acompañada de un desconocido espectacular, a gastarme el dinero que honrada y trabajosamente gano en mi persona, mi estómago, mis sentidos, mi piel... la respuesta baila entre "miedo", "responsabilidad" y otros impronunciables vocablos.
Supongo que aquí es donde se recupera la verdadera noción del tiempo, pero me sale muy caro.
Una de música para ellos, de la que ya no ponen en "las arradios". Mi abuelo Navarro me la cantaba para dormirme. Soy una carca orgullosa. Mi abuela la cantaba haciendo las camas... ahora ya no canta.
Y un homenaje a Mari Carrillo, que ha dejado de "olvidar".
Tiene un amigo músico, tocador de varios instrumentos, trompetista de postín, amante del jazz sin solución, líder de su relativamente conocido (en selectos, progres y bohemios círculos de la crema de la nueva y burguesa intelectualidad ) grupo de jazz, director de orquesta de formación, sesudo profesor de conservatorio, director de la banda de su pueblo... nadie empezó en la Filarmónica de Berlín...
Al hablar de música, se pone intelectual que te cagas y dice unos palabros muy raros, identificando en qué tono se ha compuesto la pieza y en qué compás.
Ella, en un escueto castellano adornado por las limitaciones de su nula formación musical, señala sin afectación: es bonito, es feo, me sugiere prisa, enojo, energía, pasión, furia, melancolía, rabia, tristeza, pena profunda, felicidad, cachondeo, angustia... Dice: esto no es de Fulano... me suena más a Mengano (son pruebas muy difíciles, porque ella de música sabe lo poco que aprende poniendo discos "a la aventura", y si le gustan repite, y si no le gustan, nunca mais).
Pontifica él: "Tú eres músico" Responde ella, toda sesuda: "ein?"
Y sostiene con una birra en una mano, una patata frita en la otra y su hija subiéndose por su chepa de veraneante en bañador, que ella es músico porque "entiende" la música sin saber nada de ella, en el terreno teórico y técnico, supongo.
Ella simplemente cree que hay que tener orejas de madera para no aflojar el esfínter de manera inconsciente ante determinadas cosas. Y que no se mea encima porque, a pesar de todo, intenta ser una dama.
El quiere que ella aprenda música. Ella quiere seguir sintiendo la música, sin analizarla ni destriparla, quiere mantener el misterio y la magia que hacen que unas simples ondas (?) la agiten entera. El insiste. Ella contraataca: ¿te llevo al Museo del Prado y te explico el Jardín de las Delicias, Las Meninas, los Rubens, los Tiziano...? Venga, y luego, antes del concierto, me das una lección magistral sobre lo que vamos a escuchar, con fusas y difusas incluídas... hay cojones?
El claudica: no me jodas, Anita, que te pones a hablar de diagonales, simetrías y rollos mitológicos y me jodes la visión!
Vale pues. Zapatero, a tus zapatos, somos unos garrulos jugando a saber mucho.
Los ojos de este hombre me tienen completamente gilipollas. Que conste en acta.
¿Sabes esa sensación de que ya, de que lo estás viendo venir, que sí, que no, que ay, que me muevo, que te pongas arriba tú, que me falta poquito.... que se escapaaaaaayyyyysssss.... cagonmicalavera...?
¿Y esa mentira piadosa, oh patoso, que me he quedao sin mi cuarto orgasmo porque has perdido el ritmo en doce centésimas de segundo, pero ha sido estupendo, no te preocupesmiamol?
La conoces, ¿eh? No mientassss... TODAS hemos dicho cositas de ésas y nos hemos cagao en su puta madre desde lo más profundo del... eso. No hay excepción. Habría que poner un metrónomo en todas las mesillas de noche conyugales o similares. Tres por cuatro! Ar!
Pues lo mismo. Doce centésimas me han faltado para olvidarme per secula seculorum... Berlangaaaaaa!!!!!
Pero mentiré... y diré que estoy contenta... y realmente no es mentira. Vuelvo a casa. Con una mano delante y otra atrás, como preveía, pero la luz al final del túnel ya no es tímida... parece un foco potente. Misión cumplida. Objetivo realista, aprobar. Y a eso hemos llegado, y sólo nos faltaron doce putas centésimas. Y lo pienso celebrar como si fuera la primera de la lista de los que sí han entrado, qué diablos!! A ver quién curra, viaja, atiende niñas, guisa, plancha y consigue lo que yo... TOMA AUTOCONFIANZA!! Lo hice de puta madre.
A ver si recupero mi blog, cojones. Se me está olvidando hasta escribir.
Al parecer, y se me confirma por diversas vías, el problema es de autoconfianza.
Mantra para la próxima semana (se ruega a amigos, allegados o recién llegados, da igual, que lo repitan conmigo de aquí al miércoles unas quince mil veces al día):
Tormento, lo vas a hacer de puta madre.
Caña con aceitunas a partir del día 20.
Hoy por hoy, me alimento de mis propias uñas, tabaco e incertidumbre (mmm... qué ricooooo). Como contrapartida, las cartucheras se han reducido como en un 20% (no hay mal que por bien no venga...) Toy bien... sólo atacá, en modo pánico, según el vocabulario guasón de Yul.
Me resulta curiosísimo darme cuenta de lo que me cuesta meter mis escasos enseres en cajas. Y me pregunto si no será señal de que no quiero mover las cosas, si algo me retiene o es que tengo algo que hacer antes de cerrar definitivamente la casa. Mi respuesta es que las cosas me importan un pimiento. Morrón.
Lo que me apetece es coger unas bragas de recambio para mañana y salir hacia nowhere. Ni siquiera los libros... dejaría la casa cerrada tal y como está ahora mismo. Sin más.
Pero las princesas me matarían si llegara al pueblo sin los peluches, el poster del pelanas de Tokyo Hotel, del paliducho de Crepúsculo (jomamáááá no te metas con él, es vampiro y es el chico más guapo del mundooooo), no sé cuántos pares de zapatos, bolsos, barras de labios de colores imposibles, algo de ropa que no les cupo en la maleta (el abuelo se sentó encima para cerrarla, y se fueron rezando el rosario en el AVE para que no reventara por empacho de modelis), los mp3, mp4 y resto de tecnología punta, aunque no funcione, rollo fetichista, supongo, los CDs, el champú que huele a fresa, la caja de zapatos con los huevos de los gusanos de seda....
Hay una tormenta en el exterior con gran aparato eléctrico.
Me gustan las tormentas, me gustan mucho. El olor, la caída del agua, el ruido, el cambio de temperatura, la sensación de alivio tras el exceso de la baja presión y los iones dando por culo... me gustan las tormentas que limpian la calle y relajan y rebajan tensiones. No entiendo a quien se mete debajo de la cama... ahora mismo entra un viento en casa que incluso transporta agua y me salpica. Soberbio.
Mis alumnos vinieron esta mañana a buscar sus notas y despedirse de mí. Lloraban. Los profesores de mis hijas, el martes, lloraban al despedirse de ellas. No volverán. Mis hijas no lloran, pero sí sus amigas y las mamás de sus amigas. Yo también lloro.
Lloro de miedo, de cansancio, de soledad y de hastío. De oposiciones, viajes, sentimientos encontrados, kilómetros y nostalgia de lo que no fue ni me pudo retener. Lloro de esperanza, lloro de expectativas, lloro de rabia tanto tiempo contenida. Lloro porque me miro y me quiero, decidida y valiente, y ME VOY.
Con una mano delante y otra detrás, ME VOY. Vuelvo a casa, dieciséis años y dos churumbelas después. A casa... es que no puedo creerlo aún. Un par de semanas más... un poco más de insomnio y mucho más de incertidumbre y me habré ido, aun cuando hace ya mucho tiempo que no estoy.
Sólo tengo miedo y alegría. Extraordinario cóctel. Que dios reparta suerte, porque como reparta justicia...
Por cierto... ví a Juan Diego Flórez, le ví en Valladolid, cantando y paseando por la ciudad y creo que he perdido el criterio. Ya no me importa que le falten matices, he renegado de lo que dije en su día respecto a su forma de "no interpretar" más que lo que estrictamente exige la partitura... me he rendido al virtuosismo y al poderío de un señor que mide lo que yo... y que canta y me hace llorar... aunque en estos tiempos feroces, hacerme llorar a mí es casi tan fácil como invitarme a un vino. Y cuando bebo vino, lloro.
Estoy bien, sólo cansada, cósmicamente cansada, en lo físico, en lo emocional, en lo intelectual... estoy francamente hasta los huevos, pero con vistas al final del túnel. Un poquito más...
Dicen que esta canción no está dedicada a una persona, sino a una sustancia.
No me importa mucho. Era pequeña y era verano. Los albañiles jóvenes de mi pueblo la cantaban subidos a los andamios y a mí me gustaba escucharles, y ver cómo la gente la ponía una y otra vez en la máquina de discos del bar de la Plaza. Un duro, una canción.
La (s) quiero a morir. A la una y a la otra. Si me mantuvieron cuerda en su momento, ahora no lo hacen menos. Y suscribo todas y cada una de las palabras de esta canción que en esta noche de miércoles me hace llorar sola.
Por desgracia, conocen bien cada guerra. Ellas cosen y zurcen una y otra vez mis alas. Para seguir subiendo. Ellas me sostienen, cada vez menos inconscientemente. Atrapada en un lazo que no aprieta jamás. Ellas convierten las paredes de mi casa en bosques de lápices de colores. Y aprendo a pintar transparente el dolor con sus sonrisas.
Sólo puedo sentarme, sólo puedo charlar, sólo puedo enredarme, sólo puedo aceptar ser sólo suya.
Podéis destrozar todo aquello que veis. Reconstruyen a la velocidad del rayo. Nada se nos resiste. Mi más sincero agradecimiento a Herr Zheimer, don Alphonse, que sabe de fotos más que yo. Como de otros miles de cosas.