... y un repaso.












... y tú prepárate, que en cuanto recupere el resuello te voy a dar trabajito, guapo.
No son ganas.
Esto ya entra en el capítulo de necesidad/urgencia.

[...]


Es bastante probable que durante el tiempo que duran las vacaciones escolares este lugar quede abandonadito.
Quizá le llegue algo de frío y bastante de soledad.
Será una soledad más evidente pero menos consolidada que la que sufre el personaje que aquí se muestra casi a diario. Una soledad pasajera que no me preocupa mucho.

Aquí se van a quedar ratos muertos, fantasmas, personajes en construcción y breves intercambios de palabras siempre amables, siempre cálidas.
No quiero escribir estos días. Quiero dedicarme a no hacer nada, a disfrutar de mi media docena de sobrinos y a descansar.
Sufro desde hace algunas semanas un cansancio muy hondo, en lo físico mucho y en lo emocional más aún.
Estoy agotada de bregar con las princesas, estoy agotada de tirar de este carro que no se mueve ni a tiros, estoy agotada de sostener sobre mis hombros el peso de una vida que se da de bruces contra todo sin remedio. Harta de no tener tiempo ni para darme pena a mí misma, ni para un par de lagrimillas de vez en cuando. Harta de comprobar con dolor que es cierto. Que estoy completamente sola (y fané, y descangallá, como en el tango) en esto y que así va a ser siempre. Que todo lo que consiga hacer en esta puta vida va a ser a golpe de no dormir, de no salir, de no poder perder el control ni un instante.

Necesito un tiempo de recomponerme, de coger aire, de leer tranquilamente, durante horas, de dejarme cuidar (sigo sin saber muy bien en qué consiste) de abrir las puertas en algún momento y dejar salir en confesión un torrente desbordado de frustraciones, decepciones, sueños rotos, impotencia y una mala suerte endémica que hace que, despaciosa y calladamente, se me quiebren la voluntad y los riñones.

Debería poner un gracioso Christmas navideño.
Mis lectores más antiguos saben bien que la Navidad y yo no hacemos buenas migas.
Las ausencias se me apoderan y me acongojan.
DEDITOS, dile a Pau que ese gilipollas de Mauricín, su familia de postín y yo misma mejorada volveremos. Dale mi palabra de honor.

Es sólo un momento...
Feliz Navidad.
Feliz Año Nuevo.
Y todo eso.




Me dicen que nuestras vidas no valen gran cosa,
pasan en un instante como se secan las rosas,
me dicen que el tiempo que transcurre es un cabrón,
que de nuestras tristezas se hace abrigos.
Sin embargo alguien me dijo que...

Mujeres


Hay muchas clases de mujeres.
Mami era una de esas mujeres que se había pasado la vida haciendo eso que llaman "lo que se debe hacer".
Fue una buena niña, una jovencita aplicada en sus estudios y perfectamente integrada en un estilo de vida establecido y francamente cómodo.
No sufrió los ataques de rebeldía propios de la adolescencia, no mezcló sus burgueses huesos con los de personas de hueso proletario, salvo las dos chicas de servicio que mantenían la plata impecable en la casa familiar. No sufrió de desamor ni disfrutó de lo contrario.

Fue perfectamente entrenada para perpetuar un statu quo que nunca cuestionó.
Fue una pájara boba bien adiestrada para no contrariar a su esposo, criar a su hijo en los sólidos principios de "siempre que sea posible, que te lo den hecho" y hacer la vista gorda ante todo lo que la incomodaba.
Sólo le frustraba no haber sido madre de hija, para poder ir juntas a comprar trapos.
Pero hasta en eso había tenido suerte, y Mauricín le salió complaciente, y era él quien hacía de "agente de bolsa", con lo que pesaban todos aquellos paquetes.

Hay muchas clases de mujeres, pero las mujeres como Mami aportan al mundo un toque insufriblemente inmovilista, monótono y asfixiante, estrecho de miras, insuficiente, egoísta, corto de vista, patizambo, frívolo, escaso, difícil.

Muerte a las Mamis que convierten a los mauricines de turno en peleles eternamente insatisfechos.
Muerte a las hijas de las Mamis, que convierten a los peleles en autómatas.
Muerte a quien convierte a los hombres en mercancía por miedo a querer, porque la vida es un puto boomerang.
Y la mierda acaba siempre en la cara de quien sólo pasaba por allí.

Del resto de mujeres, dejemos hablar a los expertos:



Grietas


Cuando por fin tuvo la lucidez de mirar hacia afuera, dudó.
Demasiado tiempo poniendo parches para parecer aquello que quería ser y que no era, sujeto por andamiajes tambaleantes... había que salir a la calle.

Se afeitó con mimo y recordó que la única mujer por quien hubiera dejado el cálido nido de mami sin mirar atrás se mantenía inmóvil cada vez que realizaba aquel ritual mágico. Enjabonarse la cara, llenar de agua caliente el lavabo, contemplarse de esa guisa, desnudo, adormilado aún, frente al espejo, verla en segundo plano, callada, encantada, atenta a cada pasada de la cuchilla por su cara, conteniendo la respiración para evitar accidentes...
Sabía prolongar la liturgia para regalarle y regalarse miradas silenciosas y complicidad a raudales.
Indefectiblemente, tras el aclarado, ella restregaba la nariz por su cara qué bien hueles, a jabón, a limpito, a recién planchado, y se entregaban a un curioso intercambio de inspiraciones, en busca de olores nuevos, matices en la piel del otro, gruñidos de animalillos en celo y protestas por la dureza de esta vida que nos hace trabajar cada lunes y cada martes.

Se fue harta de afeitarse los cuernos, de reprimir las ganas de empitonarle la femoral, una buena cornada con dos trayectorias en el triángulo de Scarpa habrían hecho mejor justicia. Harta de comerse los faroles, las manoletinas y las revoleras, harta de sus cambios de tercio, de sus espantás, y de aquella horrible costumbre de torear-la con el pico, alejándola con la menor de las elegancias. Zafio.
Harta de escuchar los olés de sus palmeros, herida de muerte ya, dejó un leve rastro de Eau de Rochas en el ambiente y desapareció subida en unos tacones de vértigo.

Afeitarse recordando todo aquello fue dejando un par de surcos longitudinales que labraban el jabón de su rostro inexpresivo.
El hueco que ella había dejado a la izquierda del espejo le resultaba un abismo insondable.
Si no fuera porque era quien era, se podría haber pensado que tenía sentimientos, y que aquello era un llanto callado por quien le hacía sentirse bueno, cálido, humano.
Aprovechando que era abril, decidió diagnosticarse un potente acceso de alergia.

Regalo


No se lo digas a nadie...

Ayer nos contó que las dos únicas veces que participó en esa chorrada del amigo invisible, se quedó sin regalo. Desilusión.
Por eso nunca participa, da igual cuánto insistas.
Me rompió el corazón... me quedé triste y perpleja.

Este año, aunque odio el amigo invisible y me parece una chorrada de primer orden a la que me apunto por no dar la nota, haré dos regalos.
El que me toque por papelito y el de él.

Pero calla, eh? que es un secreto. Y esta vez sí que me hace ilusión.

Bombero


... que no sé cómo haré para compensarte.
Pero sólo en cables, cuerdas y botas de pocero debes de gastarte un dineral todos los meses.
Esta costumbre arraigada de caerme en los pozos de mierda empieza a irritarme.

Supongo que debería graduarme la vista, llevar chaleco antibalas, casco y escudo.
Supongo que ir a pecho descubierto para volver a moco tendido
no es lo que se dice triunfar.

Pero siempre es mejor que dejar que el miedo te paralice.
Triunfaré. Conjuraré los maleficios. Dejaré de pisar mierda.
Y te lo devolveré multiplicado por millones y trillones.
Te lo juro.

Decíamos ayer...


Los días buenos madrugaba.
Se comía una manzana y salía a correr un rato por ahí, aprovechando la cercanía del monte. Pero no un monte cualquiera. Un monte civilizado, del que habían huído los jabalíes y las culebras. Un bosque preparado para que los seres humanos, superiores en tantísimo, pudieran tirar por la borda los excesos cometidos cada vez que se sentaban ante la mesa.
Aquello de alimentarse había dado paso a la gran cultura de la gastronomía, de la que no todo el mundo participaba.
Pero nuestro Mauricín sí.
Mauricín se cuidaba como un pichón, lo cual incluía un desayuno preparado por Mami consistente en un zumito de naranja lo primero de todo, para darse después una ducha y, pasada media horita, sentarse ante un opíparo (y ovíparo, que había huevos fritos) desayuno con su periódico del día, recién salido del buzón. Un buzón de derechas de toda la vida que recibía el diario, la hoja parroquial y las facturas e informes de los estados financieros del niño y su mamá, que a la postre eran los gestores de la pasta gansa.

Costurera hábil, cocinera aceptable, proba observante de las normas de aquella inmarcesible Pilar Primo de Rivera, que tantos escalofríos produciría en las infinitas fallidas futuras nueras, Mami había sido educada en las monjas y, al ser hija única, había heredado una pequeña fortuna. Malgastaba toda su energía en obtener una sonrisa diaria, sólo una, del tacaño Mauricín, soso por definición, estúpido de profesión. Desagradecido por educación.
Los dineritos de Mami habían sido gestionados con suficiente buen criterio por don Mauricio hasta que el vástago del matrimonio tuvo suficiente edad, y sólo eso, como para hacerse cargo de la administración de los bienes familiares. Y como si de un Scalextric se tratase, firmó doña Mami los poderes para que el Niño se divirtiera con los millones como si fueran billetes del Monopoly.
Coches por aquí, viajes por allá y esa inconfundible imagen de catetillo vestido de marca bien visible, de pies a cabeza, reloj tamaño lata de sardinas, gomina hasta en las cejas y mirada de reojo (a ver si me miran, jo...).
Mauricín era una auténtica golosina para la viborilla de su barrio.

-Vaya cochazo, Mauricín... ya sabes lo que dicen...
- Llámame Mauricio, bonita.
- No me llames bonita que mojo la braga, Mauricín... y con ese cochazo, está claro que no vas a poder resolverlo...
- El qué?

Los días buenos, decíamos ayer, madrugaba...

Tatuaje


Es como prolongar durante horas la sensación de una mala noticia.
Es como una tupida manta de pastor, vieja y áspera.
Es un eterno retorno, tan previsible como inevitable.
Es mirar en todas las direcciones que se te ocurren y no encontrar nada.

Hoy me ha hecho llorar.
Me ha hecho sentirme impotente, terriblemente impotente.
Y se ha apoderado de mí una tristeza honda y viscosa,
una soledad infinita, tatuada, indeleble.
Maldito reloj. Maldito domingo.

Arpía


Claro... ahora que me ha dado por escribir "ficción" (déjenme poner comillas, que las uso poco), resulta que me quedo sin mi sitio para el quejío diario.
Pues no.

Haremos un espacio mixto, de jamón y queso, y allá cada uno con lo que quiera interpretar.

Hablaremos hoy de la bonita expresión "sembrar la insidia".
Clase magistral o cagalera individual, a gusto del lector (sufrido, se me olvidaba).

El diccionario de la R.A.E. dice que insidia es Palabras o acción que envuelven mala intención.
También dice que es sinónimo de asechanza, así que veamos...
Asechanza: Engaño o artificio para hacer daño a alguien.
Coño, la R.A.E., lo bien que se explica... se entiende todito.

O sea, hablar de uno, pero no bien, antes al contrario, buscar la manera de joder a esa persona, por una vía o por otra. Y si para eso hay que mentir, pues vale mentir... ah, que es decir la verdad de forma... torticera ( adj. Injusto, o que no se arregla a las leyes o a la razón.) ?? pues bueno... aceptamos barco como animal acuático...

Hay quien siembra la insidia por deporte, porque eso es lo que ha aprendido en su casa, y ni siquiera es consciente de que toca los huevos, y mucho menos en qué grado.
Lo llamaremos el insidioso congénito. No toda la culpa es suya. Es más frecuente en la mujer que en el hombre... pero eso, miratú, es más cultural que otra cosa, y asistimos bastante ojipláticos a la inversión de la tendencia... pero si nos toca mejorar a las niñas, aunque sea porque los niños empeoran, putamadre.

Y tenemos un segundo grupo, que no siembra la insidia por sistema, sino de forma puntual, metódica y finamente organizada.
Percibes cómo te va acorralando, cómo va creando un grupo de adheridos, cómo se desvelan los intereses creados, cómo genera dinámicas de simpatía/antipatía y mueve todo el cosmos sólo para hacer ver que puede hacerlo.
Este tipo de insidiosos, daremos en llamarlos tontoloscojones.

Argüiré y justificaré el uso descarado de esta nomenclatura lo mejor que sepa, Señoría, se lo prometo.

El tontoloscojones (si es una hembra, es tontaloscojones, pero las características que le aplican son idénticas) es un espécimen que pulula por todas las capas sociales, aunque se deja ver bastante en la zona catetil.

Digamos que son los tontoloscojones vistosos. Gracias a ellos, todos sabemos qué es un tontoloscojones.

El cateto, por definición, es poco hábil cuando pretende sembrar la insidia. Así, se olvida de hablar bajo, de callarse cuando un individuo que no es de su pandi entra en escena, de borrar textos de ordenadores comunitarios, de avisar a sus adláteres de que el objeto de su encono es, aunque no santo de su devoción, sí digno de todo el respeto... y que una parte importante de su trabajo está en manos, fíjatetúquécosas, del objeto de su encono (que hay que ser gilipollas para no ir directamente y decir: oye, TAL , oye, CUAL, oye, TÚ, noséqué...)


Y por no llamar GILIPOLLAS al insidioso consciente (provenga o no de la clase catetil, descrita por ser más paradigmática, pero que no excluye su existencia en la noble clase alta, que el hijoputismo no discrimina), le llamo TONTOLOSCOJONES, y mayormente uso el genérico, porque la verdad es que, en este caso, es una tía.

Es lo que tienen las vacas sagradas... a partir de ciertos momentos, habría que proporcionarles buenos retiros, o buenas movilidades geográficas, que no se acomode ni dios, que no estamos trabajando con melones, aunque algunos lo parezcan. O estamos, o no estamos. Pero de cuerpo presente no, por favor. Un respeto a "los melones", que te van a curar el cáncer dentro de diez años. Si son repetidores, doce. Pero te lo acabarán curando.

Que nada... que compañeros chungos tiene todo el mundo, pero que a mí me ha dolido.
Y he fumado. Sólo uno.
Y estoy jodida, porque yo soy franca y no me gusta que hablen mal de mí sin que se me dé la opción de defenderme. Aunque entiendo que no me la quiera dar. Por si acaso.

Y también porque todo esto no es más que un calentón (suyo, yo soy fría como el hielo para con las féminas) porque no quise casarme con ella. Pero profesionalmente tengo vocación de elemento suelto, solterísima e independentísima. Y en lo demás, cada día más, también.
Y no quisiera cagarme dentro, pero me queda bien poco de convento, y no pienso renovar votos, que voy de nómada en toditos los aspectos de mi vida salvo en la marca de pintalabios y perfume, ahí mi fidelidad es enfermiza, oye.

Pues nada... que cuando el diablo no tiene que hacer, con el rabo mata moscas. Sin embargo, yo estoy muy ocupada, así que voy a ver si me resbala y no vuelvo a fumar por culpa de una vaca, por muy sagrada que sea.

Mañana* hablaremos de la mamá de Mauricín, o del propio Mauricín, que cada vez que pienso en él me salen granos en las orejas, qué repelencia de criatura, por favor!

(*) Mañana en el sentido en que lo usó Fray Luis, no me jodan.

Jaimeeeeeee---- (3)


Confesaré humildemente, querido gatomío, que este fragmento me ha resultado especialmente evocador, especialmente gozoso, como los misterios del rosario.

MAURICÍN

Ya de pequeñito se le veía así como tontorrón, despistado, medio ido, medio lelo, modorro en su totalidad, la vista perdida en lontananza o barlovento, que para el caso era lo mismo, y un curioso tic que se activaba cuando se le sacaba de su idiocia. Entonces, parpadeaba ciento cincuenta mil veces en dos nanosegundos y parecía aún más imbécil. Una vez parpadeado convenientemente, atendía a la segunda, respondía sin pensar lo que estaba diciendo y convertía una simple pregunta de respuesta sí/no en una conversación para besugos de alto standing.

Mami le defendía, le cobijaba de manera enfermiza bajo el ala, alegando que su chiquitín Mauricín tenía una vida interior muy activa, y una sensibilidad muy desarrollada.
Papi lamentaba el comentario y respondía que lo excesivo en el niño era la ropa interior, y que eso era lo que hacía que su sensibilidad al frío fuera tan exagerada, que mejor sería dejar más suelto al chico, que le diera el aire, que estaba amariconao perdido y más o menos gilipollas en función de la estación del año, aumentando clamorosamente en la primavera, como era de suponer.

Al chico le vino de perlas que mami se sintiera inútil si no cuidaba del chiquitín. Casi cuarenta tacos marcaba el cuentakilómetros de Mauricín y andaba mareando perdices con cara de cateto endomingao y camisa de cuadros de manga larga con vueltita de puño en el buen tiempo, mientras mami le preparaba el menú, le cambiaba cada dos días las sábanas de hilo y le ojeaba mozas de buena posición y mejor trapío que tenían todas las de perder si eran listas, porque no pasarían por el jugoso tálamo de Mauricín.
Lo único que tenía grande aquel cenutrio era la cuenta corriente.
Papi languidecía contemplando el vago redomao que había consentido criar.

No hubo más hijos.

El pequeño tirano con cara de tortilla de patata mal cuajada succionó culpabilidad maternal, acaparó para sí toda la atención y dejó sin sustento sentimental (ni del otro, huelga decir) al pobre papi, que no tardó en encontrar consuelo en los brazos de la dueña de una mercería de barrio, muy fina ella, muy de provincias, manicura rosita perla, muy de tapetes de ganchillo en los brazos del sillón, que tenía la insólita habilidad de recitarse la letanía del rosario en latín en lo que le duraba el éxtasis con don Mauricio padre.

Es de justicia decir que don Mauricio siempre fue un hombre taciturno pero muy cumplidor, y a una hembra no se la podía despachar con faenas de aliño. Se entregaba, sudaba la gota gorda y la mediana, y arrancaba devotos gemidos a Mariví en la trastienda, entre cajas de filtirés, canesús, cintas de terciopelo de cien colores, hiladillos variados, cremalleras, corchetes, fajas tubulares y sostenes corseteros

Mater castissima, ora pro nobis
Mater inviolata, ora pro nobis
Mater intemerata, ora pro nobis
Mater inmaculata, ora pro nobis...
Ay, Mauri!!! Maurimaurimaurimauri!!!!!
Qué ricooooooooooommmmmmmmm!!!!!

Qué felices eran los días de Mariví!
Qué sietemachos se sentía don Mauri, que marcaba el ritmo de sus empellones con cada Mater que exhalaba la dulce, modosa, ardiente e insaciable Mariví!
Aquello era un hombre, y no el zurriago de su hijo!
Aquello eran faenas de dos orejas, rabo, vuelta al ruedo, indulto al astado y vuelta a empezar, por el amor de Dios, Mariví, que no puedo con mi alma!
Y Mariví sonreía, picarona y provocativa, le ponía morritos y don Mauri se reencarnaba todas las veces que hiciera falta, que aquella mujer, gloria bendita, milagrito de última hora, no pedía pan, y daba tanto como quitaba.

Justicia poética!

Jaime... (2)


M'has tocao lo que no suena.
A ver lo que dura :)


Lo cierto es que se sentía algo cansada, algo harta, algo perdida.
No terminaba de encontrar la excusa adecuada para reinventarse, y andaba tropezando consigo misma y sus flecos eternos.
Si la vida hubiera sido más benevolente, le habría proporcionado alguna herramienta cortante para poder dejar atrás tanto...

Pero la vida era rácana para con ella, y, a decir verdad, tampoco ella trabajaba mucho aquello del borrón y la cuenta nueva, así que arrastraba el miedo de uno, la apatía del otro, la desconfianza de alguna, la soberbia y la impudicia de otra, el no pudo ser del único que supo llegar hasta el fondo del meollo y que fue expulsado del paraíso, por si acaso se le ocurría instalarse.

Se le quejaban: no te dejas querer.
Se defendía atacando: para qué?

No estaba claro si era el miedo a ser abandonada el responsable de aquella continua huida hacia adelante. Quizá el problema era un nivel de exigencia perfectamente inasumible para cualquier mortal del sexo opuesto. Leer el pensamiento no es un atributo considerado humano.
Quizá por eso, porque necesitaba sentirse necesitada y no necesitar a nadie, decidió vivir de enseñar.
Nunca echaría de menos a nadie más allá de un rato indefinidamente corto. Y sin embargo, tenía la plena consciencia de que podía hacerse inolvidable para los restos, para un par de veintenas anuales de proyectos de personas.
No había mejor propuesta.

Al fin y al cabo, para follar no hace falta encontrar un príncipe azul... más bien miles de imbéciles eventuales con una buena polla era una solución mil veces más eficaz. Y ya se sabe, que Dios da pañuelo a quien no tiene mocos, así que cuanto más tonto, mejor. Hortelano tonto, patata gorda.

El plano intelectual lo podía solventar por otras vías.
El plano emocional lo resolvía a solas, llorando, pero sólo en el caso de que otras cien mil maniobras de evitación, procrastinación y (de nuevo) huida, no hubieran funcionado.

Pero para pasar a la posteridad necesitaba a los niños.

Así las cosas, configuróse como una especie de personaje esquizoide, de extremos escalofriantes y apariencia sólida, controvertida, eficaz, tajante.
Profesional polémica por sus métodos poco ortodoxos, compañera inquietante, ácida y soberbia, colaboradora y solidaria, hija rebelde, madre atípica, sufridora y empática, relaciones públicas inigualable, militante visceral del partido misántropo (esto va porque no tengo nada claro que exista la palabra misántropa, y Bibiana Aído me parece una cateta de primer orden, y su miembra me traumó), amiga fidelísima, débil y complaciente.
Un caramelito para los estudiantes de último curso de psiquiatría.
Una auténtica perra.

Poderoso caballero...


Yo no sabía nada de esto, pero me apunto a lo que tiene sentido común.

Que un hijoputa de este calibre se chotee hasta de su madre, me parece el colmo del despropósito. Que una cosa es ser tolerante y otra muy distinta, ser gilipollas.
Y yo ya he entendido eso de los límites, y a éste, que paga por cientos, no le daba yo ni la hora. Por cabrón y por chorizo, por chulo y por cateto (será "Cachuli" la mezcla de "Chuli" y "cateti"? Dios... otra paja mental repentina!)
De todos modos, lo tengo fácil... yo no veo la tele, pero como tengo la peor suerte del mundo, fijo que si la enciendo, me aparece el careto de este mamón.

Que no, hombre, que no puede ser tanta gilipollez, tanta frivolidad, tanta corrección política.
Entre estos elementos y las hienas despreciables de Telecinco, este país parece una república bananera, joer.
Apagad la tele y coged un libro, queridos.
Que se note de dónde eran Lope, Calderón, Quevedo, Cervantes, Muñoz Molina, Clarín, Lorca, Machado...

Jaime...


Mientras Lope se quejaba de que Violante (Yolanda para los amigos) le mandaba hacer un soneto, somos unos cuantos los que recibimos reprimendas por no sentarnos a escribir "en serio".
Creo que me puede precisamente el pudor del que prescinde el personal cuando viene a comentar aquí...

Bien... aquí una mini-producción que dedico a mi gato del alma, padre de ese hijo nuestro que una bruja mala encerró en una torre.
Con amor, Gato, y en la confianza de que, antes o después, nos reiremos (más aún, y en público) de la bruja, del amo del calabozo y del cuento en general, y tendremos más hijos. Total, sólo es ponerse...

MALA SUERTE

No sabremos nunca si la pobre era así de nacimiento o las circunstancias de la vida fueron conformando aquello que al primer golpe de vista era una persona, sí, tenía por lo menos esa pinta, cabeza, tronco y extremidades, pero más bien era un dolor de tripa encubierto.
Sus rasgos no dejaban concretar demasiado su edad, pero yo siempre pensé que tendría tres o cuatro años más de cuarenta.
Tenía los ojillos pequeños y esquivos, llevaba gafas bastante pasadas de moda y bastante sucias siempre, sujetas sobre una nariz con una base ancha, carnosa y desagradable a la vista, como la nariz de un borracho. Labios finísimos, dientes muy pequeños, aspecto como de ratón. De rata, sería más preciso.
No era rubia, ni morena, ni castaña... tenía el pelo de un color milagroso, como la chupa del dómine Cabra, tan entrañable como repugnante. Un pelo de alambre de color indefinido.

No pronunciaba. Las escasísimas veces que la escuchamos hablar era realmente complicado entender bien lo que decía, porque suplía la articulación de algunas consonantes con otros sonidos. El efecto era curioso, porque si no la mirabas, la entendías. Pero si mirabas sus labios cuando hablaba, se generaba una distorsión entre lo que veías y lo que oías que te sacaba de la conversación para no poder recuperarla más.

Olía mal. Olía a viejo, a húmedo, a cueva, a encierro.
Olía a tristeza y a pan de ayer, a desabrigo y a tocino rancio.
Apestaba su amargura a cien mil kilómetros de distancia.
Una vez que entraba en tu campo sensorial no podías despojarte de aquel olor ponzoñoso que te llenaba de congoja y te hacía arrugar la nariz, como cuando te arriman el amoníaco, o hueles una mierda de perro por la calle. Ofendía.

Molestaba, jodía, intrigaba, mentía, interrumpía, daba polculo continuamente. Vivía del cuento, de la buena fe de los que la rodeábamos. A su paso sembraba un chaparrón de silencio denso e incómodo, como una arcada colectiva, un regüeldo de ajo.

Uno a uno nos fue minando la moral con su desfachatez y su afectación de enferma imaginaria e histérica, capaz de todo. Estoy segura de que sería capaz de vender a su madre, de acostarse con su cuñado o de desfalcar al mismísimo Winnie the Pooh.
Cuando quisimos darnos cuenta, no teníamos otra conversación que ella, y por supuesto hablábamos mal. Muy mal.

No discutíamos, ni siquiera le dirigíamos la palabra, pero eso no parecía importarle demasiado. Nunca tuvimos el valor de enfrentarnos a su aspecto manso, nos daba miedo y cierto asco, como ese asco que te entra cuando tienes que encajar la mano de alguien que te la ofrece fría, sudada y blanda. Mano pescao. Toda ella era así. Blanda, fría, repugnante como un sapo lascivo, como una trucha pasada de fecha, maloliente, fría y viscosa.

No la echábamos de menos cuando faltaba meses de forma fraudulenta, no la necesitábamos para nada.
No pregunté por ella en junio, en la cena de fin de curso. Era una insociable. Lo raro es que hubiese acudido a una reunión donde demasiado bien sabía que no se la iba a recibir con vítores.
No la encontré en septiembre, a la vuelta de vacaciones de verano.
Y tampoco pregunté, la verdad.

Hoy he tenido un pensamiento tenebroso, tanto tiempo sin verla, pero al girar la cabeza me he distraido solita, viendo al señor Juan, y se me ha ido el santo al cielo.
Me emociona ver al señor Juan, el conserje, regar un montículo que se ha inventado en el patio del cole, y que debe de abonar más que el resto de la zona de jardín, visto el buen ritmo al que crece un arbolito nuevo que parece un haya. Y los pensamientos que adornan el pie del árbol también están tremendos de flores, a pesar de los fríos nocturnos.
Tiene buena mano para las plantas, el señor Juan, y un sentido del humor un tanto negro, a mí a veces me escandaliza, porque tiene muy poco respeto por los feos, por los minusválidos, por los muertos. Cuenta unos chistes que rompen con todo lo establecido, con todo lo políticamente correcto... cachondísimos pero muy bestias. Con esa voz un puntito aguda, un puntito dulce de anciano rijoso y pasota, te compara un paralítico con una cucaracha en menos que canta un gallo. Y no se despeina, entre otras cosas porque no le importa lo que pienses, pero además porque es calvo como bola de billar.
El señor Juan es un buen tipo que siempre que le pides un favorcito te lo hace y con sonrisa en los labios, que es como mola que te hagan un favor.
A mí me ayudó a descargar el acuario, y le tengo encargado que engrase las bisagras de la estación meteorológica, que con el rocío se oxidan. También me vigila el huerto y me presta herramientas. Lo tiene todo niquelao.

María y yo nos guiñamos el ojo todas las mañanas, dejamos a nuestros alumnitos jugando al fútbol en el patio y nos quedamos embelesadas contemplando cómo el señor Juan cuida de nuestro nuevo árbol, y mientras tanto nos calentamos las manos con un cafelito con leche, buenísimo para la garganta, dicen.

María siempre dice mientras sorbe su cortado con mimo para no quemarse, que fue de una patada en el chichi de una de sus cien mil sustitutas de falsas bajas.
Yo creo que fue la toalla que le hizo tragar la de música, pero también dudo si no sería el de inglés cuando le arreó aquel gancho de izquierda... quizá le tocó alguna vértebra vertical, que diría mi cuadrilla de futuros médicos... quizá un empujoncito tonto, o una grapadora traicionera que escupe a las sienes... vete a saber... un colegio es un lugar de alto riesgo, saben?

Qué lindo crece el árbol.
Eso es lo que importa.

SOS


Algunas veces vivo y otras veces
la vida se me va con lo que escribo.
Algunas veces busco un adjetivo
inspirado y posesivo
que te arañe el corazón...

Me preocupa este nuevo acceso de sabinitis aguda, la verdad.

Os llaman la atención los símiles que utilizo a veces para no decir abiertamente lo que sí digo bajo recursos estilísticos sobados y manidos.
Si Quevedo levantara la cabeza me daría una colleja king size.
Os gusta que os transmita mi emoción, y a mí me gusta hacerlo, porque no me cuesta trabajo y es agradable saber que os puedo conmover.
Os gusta reir conmigo, o de mí, o de mi forma de contar las cosas.
Y a mí me gusta saber que puedo dibujar una sonrisa al final del día, que buena falta nos hace a todos, que no?

Pero hoy no tengo un símil para explicar que me estoy dando cabezazos contra la pared, y que esta pared es dura, rugosa, con aristas... y no dejo de darme cabezazos contra la pared de manera obsesiva.
Porque esta pared no tendría sentido sin mis golpes.
Y me pregunto cuándo sacará brazos y me contendrá, y me albergará, y entenderá que intento dar sentido a su existencia, que es lo que ando buscando.
Me pregunto si las paredes tienen la facultad de semejante cosa, y mucho me temo que la respuesta es un no rotundo.

También pienso que yo sí podría vivir sin más golpes.
Volver al desierto, plácido y muelle, cicatrizar, crear callo, anestesiarme y mantener las constantes vitales. Y sólo eso.

Venga... propón un símil, a ver si me sale un post decente, que hace mucho que no escribo nada potente.
No vale el tenis, el frontón, la pelota vasca ni similares.
Tropezar con la misma piedra sería demasiado fácil.
Estrújense el cerebro mientras me plancho el corazón.
Les espero.


Secuencia infernal


Todas las mañanas levanto un castillo con torreones, almenas, puente levadizo,enormes chimeneas, foso, banderas y caballerizas.

A mediodía más que castillo es un adosado de medio pelo con las camas sin hacer.
Por la tarde se me convierte en una choza, y al final del día tengo la sensación
de pasarme la vida fregando los platos de otros.

Al día siguiente, vuelve a ser un castillo.
Y por la noche, una choza infecta.

Y así desde el origen de los tiempos.
Y hasta el final.